LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA Y EL ESTADO

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Mural de Diego Rivera

 

Desde siempre la posición teórico-práctica de la izquierda revolucionaria, o autoproclamada tal, respecto al Estado como forma de dominación o poder, ha sido compleja.

 

No existe una línea clara e indiscutible que permita elaborar teoría global y coherente de la izquierda revolucionaria respecto al Estado, por mucho que algunos pretendan hacer religión de sus postulados.

 

Ello quizá sea debido a que no hay una única izquierda revolucionaria, o que se autoproclame tal, sino varias. No tienen la misma visión del Estado una izquierda autoritaria que otra libertaria.

§         Para la primera el Estado reviste sólo unos intereses de clase y, al igual que es un Estado opresor, cuando responde a los de la dominante, puede serlo emancipador cuando es el órgano de poder de los oprimidos, que lo han conquistado.

§         Para la segunda, el rostro del Estado tiene unos rasgos que van más allá de su defensa de los intereses económicos de la clase dominante. Para el anarquista el Estado tiene también servidumbres propias de poder autoritario, derivadas de los intereses de quienes lo dirigen, no sólo de la clase a la que el Estado respalda.

 

Por otro lado, para la izquierda revolucionaria la cuestión de la relación sociedad-Estado no es una cuestión en absoluto unánime.

§         Desde la izquierda de cultura política “consejista” y/o autogestionaria (no son términos sinónimos pero están más cercanos entre sí de lo que comúnmente suele admitirse) el Estado democrático, popular y socialista debe sustentarse sobre su base social; no de modo retórico o plebiscitario sino a través del ejercicio de la democracia directa, no sólo representativa, en todas las esferas de la sociedad (consejos de fábrica, de barrio, de Universidad,...). Inevitablemente ésta acaba siendo una izquierda pluralista y respetuosa con las libertades democráticas de opinión, expresión y organización porque la composición de los consejos es, en su misma génesis, diversa y ello conlleva la convivencia entre diferentes modos de concebir el socialismo. Y si pretende seguir siendo fiel a sus postulados consejistas y/o autogestionarios deberá entender este pluralismo como algo perenne y no como mero problema de transición al socialismo porque, de lo contrario, anulará la naturaleza de la filosofía consejista para convertir a dichos órganos en correa de transmisión del poder del partido que sustenta al nuevo Estado. Se aducirá que el “titoismo” yugoslavo no era auténticamente pluralista y, sin embargo, era autogestionario. Considérese el complicado papel de Yugoslavia dentro del eje “socialista”, aunque con inserción herética en él, y su difícil equilibrio en el vértice entre los dos mundos, capitalista y de economía planificada.

 

Por otro lado, tampoco el mariscal Tito pudo sustraerse al deseo de simplificar las relaciones entre autogestión-partido y Estado.

 

§         Para la izquierda cuyo modelo era el de partido de vanguardia de la clase trabajadora, el modelo leninista de Estado, que no era precisamente el de “El Estado y la revolución” (la cocinera de Lenin no llegó a comprobar lo sencillo que sería dirigir el Estado en la fase superior del socialismo) tiende a concentrar todo el poder para los “soviets”. Esto fue una proclama de la revolución rusa. La práctica unipartido del PCUS y su Politburo, la supresión de las libertades democráticas, el Estado centralizado, formalmente federal, pero que nunca conoció conflicto de poder de las federaciones con el Soviet Supremo, convirtió los consejos obreros y de soldados en correa de transmisión del Estado y su partido único. La degeneración del sistema soviético y “democracias populares” hermanas, nacido del creciente autoritarismo del Estado (estalinismo) y el partido y, sería ciego negarlo, de las condiciones de aislamiento internacional y de agresión (cinturón sanitario) de las grandes potencias capitalistas, convirtió en paradoja el proyecto comunista: cuanto más se dilataba el período de transición de “democracia popular” hacia el socialismo (algunos países afirmaban estar ya en esta segunda etapa), menos participativo y democrático era el Estado, más omnipresente y reificado se hacía. Complicado parecía, bajo esa “lógica”, avanzar hacia el comunismo (sociedad sin Estado)

 

A estas alturas, algún lector habrá sentido la tentación de encontrar la síntesis superadora de ambos modelos en el socialismo del siglo XXI. Venezuela, Bolivia y Ecuador, por citar los modelos más definidos de tal formulación parecen aunar proyecto hacia el socialismo (aún en estado de puesta en marcha de fase de democracia popular), con participación popular de base, no consejista pero que bebe, en buena medida, de este planteamiento, pluripartidismo y libertades democráticas (más allá de ciertas tendencias bonapartistas que cabe apreciar en los postulados bolivarianos de Hugo Chavez).

 

Es pronto para sacar conclusiones acerca de si éste será el camino, por fin, acertado para alumbrar una nueva etapa de camino hacia un auténtico socialismo o un nuevo jalón en el retardo del día que vendrá. El contexto de la crisis económica (de los hidrocarburos de manera especial en Latinoamérica) y las viejas políticas de Washigton respecto a América Latina (ahora con Obama y su política de bases con enclaves geoestratégicos) ciernen amenazas en el horizonte.

 

2.-De la posición de la izquierda respecto al Estado policía:

Algunos de los grandes pesimistas sociales, los antiutópicos o distópicos Huxley “Un mundo feliz”), Orwell, Koestler (“El cero y el infinito”), Ray Bradbury (“Fahrenheit 451”), Zamiatin (“Nosotros”) han sido calificados de agentes de la CIA y el imperialismo. Establecido ese criterio, nada de lo que hablar.

 

Pero si uno se resiste al insulto de los martillos de herejes y trata de comprender, de saber algo más allá de la expulsión a los anillos del infierno de Dante a los que estos pensadores fueron condenados, encontrará en ellos un motivo, una incitación, una provocación a pensar en libertad, fuera de las condenas hacia los libros heréticos con que los marcaron los inquisidores de turno, lo bastante sugerentes para pensar sobre los horrores del Estado.

 

El Winston Smith de 1984 es no demasiado diferente del Joseph K de “La condena” de Kafka, aunque este último no fuese sospechoso de trabajar para el Imperio. Un ser desgraciado al albur de la maquinaria de la burocracia del poder.

 

El mundo de Huxley y de Orwell nos habla de la dominación del hombre sobre el hombre y de una sociedad monstruosa en la que aquél pierde el respeto de ser tratado como un ser humano y su propia identidad personal, convirtiéndose sólo en un esclavo del poder omnímodo del Estado

 

Ray Bradbury y Zamiatín también presentan la alienación del sujeto ante el poder total.

 

En todos ellos, el sujeto, para sobrevivir, se niega a sí mismo y traiciona todo aquello en lo que cree y que le hace ser quien es.

 

Más allá de los intereses de clase a los que el Estado parece servir, éste tiene también su propia lógica de supervivencia y expansión de su poder, de un poder que no admite réplica ni contención, disidencia que ponga en peligro su voluntad de perpetuación o intento de reforma que lo haga más permeable y realmente democrático. Su poder es irresistible.

 

“La violencia es monopolio del Estado” (Max Weber). “Salvo el poder todo es ilusión” (Lenin). “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza” (George Orwell). “No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia” (Montesquieu). “Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá” (Joseph Goebbels). “Aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Respondo que convendría ser una y otra cosa juntamente, pero que, dada la dificultad de este juego simultáneo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido más seguro es ser temido antes que amado” (Maquiavelo). “El Estado es un inmenso cementerio al que van a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual” (Bakunin).

 

Frases literarias, demasiado cínicas para no ser consideradas como un aviso sobre la naturaleza del poder. Quien conozca algo sobre la maquinaria de las organizaciones formales y burocráticas sabrá que, más allá de los intereses sociales a los que dicen responder, dicha estructura tiene querencias y voluntades propias, deseos de permanencia de la casta de “servidores públicos”, funcionarios, burócratas, fontaneros del poder y las cañerías del Estado, sátrapas y grandes y pequeños “servidores” de sí mismos y de sus insaciables antojos y pasiones.

 

Ello en “democracia” burguesa y popular, en tiranía y en régimen parlamentario, en régimen asambleario pretendidamente puro y en república presidencialista o monarquía absoluta/parlamentaria.

 

Hay una esencia del poder que va más allá de su legitimidad y de su dinámica de legitimación y que se impone por encima de cualquier soberanía fundante. Lean si no cualquier Constitución y traten de hacerla encajar en las realidades sociales, económicas, políticas y culturales a las que dice responder. Verán que es una burla macabra respecto a los derechos que otorga.

 

De todas las manifestaciones de tiranía con las que hoy nos regala el poder político del Estado la más temible es la que atenta contra las libertades políticas (libertad de expresión, de pensamiento, de asociación, de reunión, de prensa) porque sin ellas, llega un momento en el que la capacidad de resistirse del individuo, de negar la realidad que vive, se estrecha, se anula en un proceso de lavado de cerebros individuales y colectivos donde oponerse a la mentira se convierte en una condena mayor que la de Sísifo en la montaña.  

 

La sofisticación y grado de retorcimiento del poder político y su tendencia a la absolutización, a la negación de las libertades individuales, a la alineación del ser humano, a la recreación de una “realidad” mentirosa y mistificada, tiene hoy su máxima expresión en las cárceles de la CIA en Guantánamo, Abu Grahib y otros tantos centros, muchos de ellos clandestinos, en los que se practican técnicas de tortura de privación del sueño, fórmulas para esconder la identidad del detenido, sin registrarlo, quedando éste anónimo, sistemas para aislar física, ambiental y sensorialmente a los detenidos tras el 11-M, tales como la aplicada por un equipo científico del comportamiento norteamericano (BSCT), conocido como Biscuit y dedicado a provocar fobias, estados de ansiedad, pérdida de la conciencia de realidad, paranoias y alucinaciones entre los presos.

 

Una vez que se rompe con el sentido de la realidad del sujeto, se le desprovee de su capacidad de negación, de anclaje en la realidad, de defensa de su propia dignidad como ser humano.

 

Los experimentos sobre análisis y modificación de la conducta realizados por los Estados tienen sus manifestaciones micro y macrosociales. Las técnicas sobre manipulación de masas fueron auguradas desde Gustave Le Bon y aplicadas en la psicología colectiva durante el nazismo.

 

Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, en su libro 'Propaganda', declaró que una característica importante de la “democracia” era la manipulación de la mente por medio de los medios y la publicidad. La capacidad para recrear un contexto que aislara al sujeto de su realidad y le provocara la “recreación” de otras realidades.

 

Más de 18000 cámaras vigilan, en España, país moderadamente policía, los movimientos de los ciudadanos en cajeros automáticos, bancos, entidades oficiales, ministerios, comercios, peajes, gasolineras, carreteras,...

 

A mayor “alineación” (tomada de libremente frente al concepto marxista tradicional, propio de la producción) individual y colectiva, mayor dificultad para cuestionarse la explotación, la injusticia social y la necesidad de transformar el mundo en un sentido socialista.

 

¿Éstas técnicas de Estados policía (sin llegar a entrar en las torturas físicas sino incluso seduciendo) son exclusivos de los países de sistema capitalista? La respuesta no debiera ofender ni a la inteligencia de los lectores, cualesquiera que sean sus filiaciones políticas, ni al autor del artículo.

 

Dejaremos la cuestión en que cada nuevo poder político intenta perpetuarse por todos los medios. El grado de legitimación moral que cada uno le conceda dependerá de cómo se situé ante la tríada LIBERTAD-IGUALDAD-FRATERNIDAD, de la que todo progresista (sin connotaciones peyorativas) debiera sentirse heredero.

 

El hecho es que mientras en la izquierda revolucionaria no se resuelva esta cuestión no será demasiado insensata la tentación de que ante cada nueva revolución no sea descabellado guillotinar (en términos SÓLO políticos) a sus héroes y a la casta de burócratas viejos y nuevos sobre los que se apoyen los nuevos libertadores.

 

¿La razón? Que ningún nuevo Estado emancipador de la explotación del hombre por el hombre será tan limpio que no tenga la tentación de perpetuarse en el poder más allá de los motivos fundantes en los que dice asentarse.

 

Con escepticismo respetuoso hacia lo libertario, pero con dudas, al fin y a la postre, porque el Estado no se disuelve por la voluntad emancipadora de los oprimidos y le necesitamos para  ayudarnos a cambiar el mundo, no deja de tener cierto sentido la necesidad de proclamar la rebeldía frente al totalitarismo del Estado.

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