Recientemente el Presidente USA Barack Obama ha expresado su deseo de controlar los abusos por comisiones y las prácticas penalizadoras excesivas ante la demora en pagos en el uso de las tarjetas de crédito. "Los días en que servía cualquier excusa para elevar las tasas y comisiones por retrasos tienen que terminar" (1)
Igualmente exigía la desaparición de la llamada “letra pequeña” en las condiciones de contratación de este tipo de productos de crédito así con un lenguaje claro y comprensible en las comunicaciones comerciales emitidas por las entidades financieras a sus clientes en relación con sus tarjetas. "No más letra pequeña, no más términos y condiciones confusas. Queremos claridad y transparencia de ahora en adelante", (2), añadió el Presidente Obama.
Los bancos expresaron, por su parte, su preocupación porque el endurecimiento de la legislación para los emisores de las tarjetas de crédito pudiera reducir sus beneficios por comisiones, una de las vías principales de ganancia en este período de crisis capitalista.
Las llamadas tarjetas de crédito abordan esta forma de financiación desde dos tipos de formato del préstamo:
· Lo que comúnmente se conoce como tarjetas de crédito, que carecen de comisiones para su usuario, si se devuelve la cantidad financiada en una operación comercial a finales o primeros del mes siguiente, según se determine en el contrato entre la entidad bancaria y el cliente. En realidad no se trata de una forma de pago a crédito o financiada sino de débito diferido. Pago del dinero que tengo en mi cuenta.
· En el caso en que se opte, en este tipo de tarjetas, por la forma de pago fraccionada, también conocida como pago a plazos estos se hacen mediante el pago de una cuota fija mensual o un porcentaje mínimo del 3-5% mensual sobre el saldo total aplazado. Estas tarjetas suelen tener unos intereses de alrededor de un 1% TAE. Muchos usuarios que utilizan esta modalidad de pago ignoran que dicho 1% no es anual sino mensual, por lo que en realidad están pagando unos intereses anuales elevados de un 12% sobre la cantidad financiada. Puede tenerse o no ese dinero en cuenta en el momento de la compra pero ha de disponerse de él en el momento del cargo a cuenta, si no se quiere cargar con unos intereses de demora realmente caros.
Pero existe otra forma de financiación a través del “dinero de plástico” aún más usuraria: se trata de las llamadas tarjetas “revolving”. Este es un nombre técnico que no se emplea en la comercialización de la tarjeta. Es el crédito puro y duro, con unos intereses TAE que oscilan entre un 12 y un 30% anual, según tarjeta y entidad emisora, mucho más elevado (hasta cuatro veces) que cualquier préstamo personal concedido por un banco. Los emisores, que pueden ser bancos o centros comerciales, aducen como justificación a sus altos intereses el nivel de riesgo que entraña esta forma de crédito. En efecto:
· Como en las tarjetas de crédito convencionales, el cliente puede comprar con ellas incluso si no dispone de dinero en cuenta en ese momento
· En su origen, fueron tarjetas concedidas a un tipo de cliente cuyo acceso al crédito convencional (préstamos, tarjetas de crédito) estaba mucho más cerrado por su escasa capacidad adquisitiva (sectores de rentas bajas o sobreendeudados).
El cliente rara vez conoce los intereses que está pagando realmente y suele “picar” en la adquisición de este tipo de tarjetas y en un uso descontrolado de las mismas porque, al funcionar la amortización del crédito en base cuotas fijas mensuales que, en muchos casos, parecen asumibles dentro de una economía familiar más o menos estable, independientemente de la capacidad de endeudamiento.
Inicialmente las tarjetas “revolving” fueron pensadas para gastos extraordinarios o compras inesperadas (viajes, vuelta de los niños al colegio, compra de electrodomésticos, compras navideñas,...)
Pero veamos cuál ha sido el proceso dinámico de evolución de las tarjetas de pago en la sociedad capitalista actual.
No existe un acuerdo claro sobre el origen de las primeras tarjetas de pago. En 1914 la Western Unión lanza una tarjeta de pago, para algunos autores la primer existente en el mercado En sus comienzos la tarjeta apenas tenía utilidades y su uso se limitaba a determinados hoteles y comercios que disponían de este sistema de pago. Disponer de una era principalmente simbólico, ya que solo se la podían permitir los más ricos. Pero en el mismo año la General Petroleum Corporation of California (que posteriormente se convirtió en Mobil Oil) emitió una tarjeta de crédito destinada a sus empleados y para clientes seleccionados. En 1915, la compañía telegráfica emitió unas tarjetas destinadas a identificar a sus principales clientes y autentificar sus telegramas.
En cualquier caso el surgimiento de la tarjeta de crédito está vinculado al desarrollo de las actividades mercantiles, al auge de la sociedad de consumo y de la contratación en masa, asimismo, como medio destinado a evitar la movilización del dinero en efectivo, y a simplificar las actividades de los consumidores.
Surge como un instrumento cuya presentación permite aplazar obligaciones de pago en determinadas transacciones. La exhibición de la tarjeta acreditará a su titular para disponer de bienes o servicios sin entrega inmediata de dinero en efectivo. Realiza así, en sentido económico, una función similar a la que efectuó desde hace siglos la carta orden de crédito, para la entrega de dinero o de determinados bienes al designado en la misma.
Su empleo desciende durante la crisis de 1929, con la restricción crediticia y el aumento de la morosidad ocasionados por el desplome de la Bolsa de Valores en octubre de ese año (crack del 29). Sin embargo, a partir de 1932 con la nueva era presidencial marcada por Franklin D. Roosevelt –en ese año es elegido Presidente de los EEUU, que imprimiría un nuevo aire de optimismo y prosperidad a la sociedad americana-, se relanzan las tarjetas como un instrumento de promoción de las ventas empresariales. Y en 1936 se inicia su extensión a otro tipo de emisores como las compañías aéreas y las de ferrocarriles.
De nuevo decae su uso, esta vez a causa de la Segunda Guerra Mundial. Las tarjetas llegan casi a desaparecer debido a la enorme limitación del acceso al crédito durante la economía de guerra y como consecuencia de las medidas restrictivas adoptadas por el gobierno de EEUU.
Nos encontramos en el primer peldaño de la etapa evolutiva de la tarjeta de crédito, donde es utilizada únicamente en el mercado estadounidense y prácticamente desconocida fuera de los EEUU. Hasta ese momento tenía un simple carácter bilateral, mediando entre el empresario que vendía bienes o prestaba servicios, el cual facilitaba también la financiación, y el cliente consumidor de los mismos. El cliente abonaba mensualmente el importe de la liquidación o bien satisfacía unas cuotas periódicas preestablecidas. No se le reabría el crédito hasta que acabara de pagar lo debido.
Acabada la Segunda Guerra Mundial, se relanza la utilización de las tarjetas y aparece por primera vez su uso con carácter trilateral. El papel del emisor se disocia del suministrador de bienes y servicios, distinto del emisor. Este suministrador entrega los bienes o presta los servicios al titular, cobrando su precio al emisor de la tarjeta. El emisor se convierte en una compañía especializada en la emisión administración de tarjeta de una determinada marca, en principio propia. Entrega al titular la tarjeta abriéndole una cuenta de crédito que salda mensualmente. Estas tarjetas ya cuentan con las características esenciales por las que hoy se las reconoce; según MUGUILLO (3), estamos en la segunda etapa, la "edad adulta" del sistema
La primera empresa emisora especializada de tarjetas fue Diners Club, quien se constituye en 1950, la emite recién en 1951. En 1952 había emitido 20,000 tarjetas y pocos años después, en 1959, había alcanzado un millón de tarjetas.
A partir de ahí y favorecida por las políticas expansivas del capitalismo de masas, derivadas de la reconstrucción de las sociedades de capitalismo avanzado tras la Segunda Guerra Mundial y las políticas postkeynesianas de Bretton Woods y los Planes Marshall, la sociedad de consumo y las tarjetas de pago, ya expandidas en tarjetas de crédito siguen un proceso ascendente imparable que les llevará a un crecimiento exponencial imparable.
Baste decir que sólo en España la sociedad VISA contaba en Marzo de 2006 (4) con más de 40 millones de tarjetas de pago, siendo de su total 21,7 millones de crédito, 17,4 millones de débito y 0,8 millones son tarjetas de empresa
A día de hoy, esta misma sociedad emisora tiene en circulación 1.700 millones de tarjetas de pago (5). Eso sin contar con las que existan en circulación por parte del resto de marcas de tarjetas.
Este proceso imparable de crecimiento de las tarjetas de pago, en sus tres variantes señaladas, se ha expandido por todo el Planeta, incluidos los países de economías emergentes y los países pobres. Ello hasta el punto de que los teóricos de las formas de pago apuntan a la desaparición del dinero en su forma facial (papel moneda). De hecho, cada vez es más raro encontrar en el comercio minorista establecimientos que no acepten otra forma de pago que en cash. Su uso exclusivo ha quedado marginado a operaciones de muy bajo coste en kioskos de prensa, panaderías y tiendas de mercado muy tradicional y ello de modo decreciente.
Los procesos de cambio económico a partir de la crisis capitalista de los años 70 del pasado siglo aceleró vertiginosamente el incremento de las tarjetas de pago. Los procesos llevados a cabo en ese período con la descentralización productiva, el inicio de la voladura del Estado del Bienestar y el descenso real de los salarios, que ha sido imparable en el mundo hasta el día de hoy, han favorecido la expansión de las formas de crédito y préstamo, dentro de las cuáles la tarjeta ha sido un elemento central. El acceso al consumo de las clases trabajadoras y medias se ha mantenido mediante el crédito. La gente ha vivido desde entonces a crédito, de tal modo que el dinero ingresado en nómina a finales de cada mes se iba en sus 2/3 partes al pago de diversos préstamos y créditos que financiaban el consumo.
En ese período el proceso evolutivo en el uso de las tarjetas de crédito fue el siguiente:
· Mantenimiento y crecimiento limitado del mercado de las tarjetas de débito: sin intereses
· Crecimiento exponencial, aunque más limitado en el incremento de su forma de pago aplazado, de las llamadas tarjetas de crédito.
· Acelerado proceso de implantación y expansión de la posesión y uso de las tarjetas “revolving” (las de intereses más elevados), primero para gastos más extraordinarios y de uso más ocasional y posteriormente, según arreciaba la crisis, de uso más cotidiano y para gastos más comunes (alimentos, ropa, otras necesidades básicas,...)
Ello indica ya, antes de la explosión de la crisis de las “subprime” de qué modo el consumo en la sociedad capitalista venía financiado de un modo que indicaba una fuga hacia delante del sistema; fuga en la que el tren, en algún momento, había de descarrilar.
Y llegó la crisis. Lejos de suponer la crisis capitalista actual un freno a las tarjetas, ha estimulado, al menos en la primera etapa de dicha crisis financiera, su auge. La razón es sencilla. Los sectores económicos de rentas limitadas que soportan el pago de una hipoteca dedican la mayor parte del sueldo a pagar esta y la tarjeta de crédito a pagar sus necesidades y consumo básicos. Cerrada, o dificultada enormemente, la vía para los préstamos bancarios de tipo personal, la tarjeta de crédito y específicamente las de tipo “revolving” se han convertido en la forma de financiar el consumo cotidiano. Ello sólo empeora la situación económica de las familias, ya que se multiplican los costes de los intereses y se pierde la noción del gasto real al pagar con tarjeta cada vez más productos y servicios.
Con el incremento del precio de las hipotecas y el paso de la crisis financiera a la economía productiva, que ha supuesto en términos sociales la destrucción de unos 200 millones más de puestos de trabajo en el mundo, la morosidad en el pago de las cuotas e intereses de las tarjetas se ha disparado de forma enloquecida. Las deudas incobrables en tarjetas en USA alcanzaron el pasado febrero el nivel récord del 8,82%. (6).
Pero el efecto en cascada de la crisis económica debe estar alcanzando niveles insospechados, cuando una de las tarjetas más exclusivas del mercado (alta gama para clientes VIP de altos niveles de renta), American Express, ofreció en febrero de este año 300 dólares a sus clientes morosos para salden sus deudas y cancelen su tarjeta. La oferta, sólo efectiva para los Estados Unidos y para clientes seleccionados, consiste en una tarjeta de prepago con 300 dólares (cerca de 235 euros) de saldo. A cambio de ella, los clientes morosos se comprometen a pagar sus deudas con la tarjeta entre marzo y abril. El índice de morosidad de esta tarjeta había superado para esas fechas el 8%. En su conjunto, el sector de las tarjetas de crédito en Estados Unidos ha visto una merma de más del 70% en sus beneficios, entre otras cosas por el brutal descenso, en la segunda fase de la crisis (desde diciembre de 2008 hasta ahora) del consumo efectuado con ellas (7)
En España, El Banco de España contabiliza la morosidad en créditos al consumo. Una parte, que no está especificada, corresponde a tarjetas. En 2008, último dato disponible, entraron en mora créditos al consumo por un volumen de 4.464 millones, alcanzando el 5,16% del crédito concedido. Esto supone más del doble que un año antes, y contrasta con una morosidad del 3,29% en el conjunto del sistema.
Sobre esta base, fuentes de un banco español aventuran que la morosidad de las tarjetas puede haber superado ya el nivel del 7%. Sin embargo, otras fuentes apuntan a que la eclosión es mucho más pronunciada en los productos “revolving”, donde se manejan ratios de entre el 25% y el 30%. Según Equifax, la única firma que ofrece datos globales del sector, la morosidad de las tarjetas creció en febrero un 77% en tasa interanual.
Algunos afectados son entidades que en los últimos años fueron muy activas en la venta de tarjetas de crédito, como Citi, MBNA o Barclaycard. Por ejemplo, Barclays, tercer banco británico, tuvo que apuntarse provisiones de 66 millones de libras (71 millones de euros) por los impagos en esta actividad en España (8)
Todo lo anterior explica que las entidades bancarias se estén volcando ahora en el esfuerzo del recobro de impagados en tarjetas de crédito, multiplicándose las ejecuciones por embargo, y se esté limitando radicalmente la “colocación” de tarjetas de crédito y “revolving” en el mercado.
Este panorama explica que, a nivel mundial, los bancos ya no estén dispuestos a correr más riegos y hayan puesto en marcha una serie de medidas para evitar el impago de las deudas mensuales. Entre las medidas más polémicas está un importante aumento en las comisiones por tarjeta, y un límite en el crédito máximo disponible; esto último según países, USA entre ellos.
La analista de banca Meredith Whitney, que precipitó el desplome del gigante estadounidense Citi y la salida de su anterior presidente Charles Prince a finales de 2007, ha vuelto a la carga. En esta ocasión ha puesto su foco en el negocio de las tarjetas de crédito en Estados Unidos. En su opinión será la próxima burbuja que estalle.
En un país en plena recesión económica y aumento del desempleo, los emisores estadounidenses tienen un gigantesco riesgo en este negocio en una dimensión de cinco billones de dólares (3,7 billones de euros) en líneas de crédito pendiente de pago con tarjetas. Según esta analista, las entidades se verán obligadas a reducir este riesgo en dos billones de dólares este año y 2,7 billones el próximo ejercicio.
«Los emisores de tarjetas de crédito están en la actualidad en un juego de patata caliente, en el que ninguno quiere ser el último en mantener abierto el crédito con tarjeta a un individuo o a una empresa», indica Whitney. Además de su gran exposición a este negocio, las entidades afrontan el problema del galopante crecimiento de los impagos. Según un índice que elabora la agencia de calificación crediticia Moody’s, las deudas incobrables en tarjetas alcanzaron el pasado febrero el nivel récord del 8,82%. Esta firma pronostica que esta tasa llegará a cotas de dos dígitos a finales de año si el desempleo sigue creciendo con fuerza (9)
Tenemos pues una combinación demoledora para el sistema capitalista: crisis del sistema financiero de los grandes especuladores + crisis de la economía productiva +crisis de consumo + crisis financiera de las economías domésticas (tarjetas)= efecto rebote sobre el sistema financiero capitalista = ¿derribo?
(1) Newsletter “Cinco Días”
(2) Idem
(3) MUGUILLO, Roberto A.; Tarjeta de Crédito. 2ª edición. Buenos Aires. Ed. Astrea. 1994.
(4) Nota de prensa de VISAEurope. 7 de Marzo de 2006
(5) “Cinco días”. 26-4-2009
(6) “Expansión”. Las tarjetas pierden crédito. 15-4-2009
(7) blogcreditos.com. American Express paga 300 dólares para deshacerse de clientes morosos. 27-02-2009
(8) “Expansión”. Las tarjetas pierden crédito. 15-4-2009
(9) “Expansión”. Las tarjetas pierden crédito. 15-4-2009
De Esther Vivas / Illacrua
Han pasado quince años desdeel levantamiento zapatista en Chiapas, el cual marcó simbólicamente el inicio de las resistencias a la globalización, y pronto hará diez de la "batalla" de Seattle. Este nuevo ciclo de luchas nació con el peso de los fracasos históricos del siglo XX y en medio de un fuerte escepticismo sobre la posibilidad de construir un nuevo proyecto político alternativo, en un contexto donde triunfaban las tesis de autores como Francis Fukuyama del "final de la historia".
El nuevo siglo XXI, empezaba con la eclosión del movimiento altermundialista y de los foros sociales, predominaba una sensación "de autosuficiencia" de los movimientos sociales, de pensar que con el movimiento "por sí mismo" era suficiente para cambiar la sociedad. Las tesis de Holloway de "cambiar el mundo sin tomar el poder" expresaban perfectamente esta perspectiva. Es lo que el filósofo francés Daniel Bensaïd llamó la "ilusión social".
En los últimos años, hemos visto cómo las resistencias a la globalización se han multiplicado y cómo éstas se han visto enfrentadas a nuevos dilemas y debates estratégicos: ¿Qué hacer frente una política de guerra global permanente? ¿Qué lecciones extraer de la recomposición de la hegemonía de clases en Argentina después del que "se vayan todos" de finales del 2001? ¿Qué relación mantener con gobiernos como los de Chávez, Morales, Correa o Lugo que han roto parcialmente con el imperialismo y el neoliberalismo? ¿O con aquellos gobiernos supuestamente "progresistas" como los de Lula pero con una agenda social-liberal?
Poco a poco se ponen de relieve los límites de esta "ilusión social", provocando, aunque de forma parcial y limitada, lo que el mismo Bensaïd ha llamado, un "retorno de la cuestión política". Emergen los límites de estas resistencias "por sí solas" y, aunque son indispensables, se manifiesta la necesidad de ir más allá y de articular una alternativa anticapitalista. El camino para construirla no será fácil, pero la actual situación de crisis sistémica pone de relieve su urgente necesidad.
*Artículo publicado en Illacrua, nº 165.
Fuente: anticapitalistas.org
Culpar al desastre de las hipotecas subprime en los EEUU del desplome financiero y económico global de 2008 es como imputar el estallido de la I Guerra Mundial al asesinato del Archiduque Fernando.
Arno J. Mayer | Sin permiso
Culpar al desastre de las hipotecas subprime en los EEUU del desplome financiero y económico global de 2008 es como imputar el estallido de la I Guerra Mundial al asesinato del Archiduque Fernando. En ambos casos, un discreto acontecimiento fue la chispa que encendió una gran conflagración. Pero la mecha estaba ya allí.
En el arranque del siglo XXI, el capitalismo norteamericano sigue prevaleciendo y marcando el paso. Mas perturbaciones cada vez más frecuentes en la economía mundial socavan el pretendido apoliticismo de los económetras que presumen de legitimar y ajustar el capitalismo en tiempos normales. Las convulsiones agudas obligan invariablemente a regresar a la economía política clásica, que echa sus raíces en la filosofía moral y en la ética, tal como las practicaron Adam Smith, David Ricardo, Karl Marx, John Maynard Keynes y Friedrich von Hayek. Aun cuando los economistas, ministros de finanzas y banqueros centrales actualmente reinantes son adictos a la manipulación de los tipos de interés y de la oferta monetaria, esos trucos monetaristas son, por sí propios, de poca utilidad: el presente desorden exige una intervención política concertada.
En plena I Guerra Mundial, el primer ministro francés Georges Clemenceau dijo que la guerra era asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los generales. Análogamente, la gran recesión de nuestros días es cosa demasiado grave como para confiarla a los colegas de Robert Rubin y Henry Paulson, Alan Greenspan y Ben Bernanke, Lawrence Summers y Timothy Geithner. No es que los políticos anden para nada menos sumidos en su hoyo. Pero es responsabilidad suya tomar las riendas de los problemas, ubicando a los economistas matemáticos y a los asesores financieros en las dependencias del servicio, no en el salón principal. De otro modo, lo que hacen es reclutar a los benditos titanes y campeones del consenso de Wall Street-Washington para estabilizar el sacudido establishment financiero y granempresarial, ¡y que los zorros sigan guardando el gallinero…!
Evidentemente, en los EEUU, tanto demócratas como republicanos mantienen incólume la fe en el poder benigno de la “mano invisible” sin cadenas, aunque pocos quieren acordarse de la persistente preocupación que en Adam Smith infundían las desigualdades sociales y económicas. Como declarados partidarios del libre mercado que son, insisten en que la actual crisis no es estructural, sino contingente, y que sus raíces hay que buscarlas en fallos del sistema regulatorio (un sistema regulatorio contra el que los dos grandes partidos norteamericanos, actuando en representación de poderosos intereses y lobbies particulares, conspiraron durante décadas, hasta lograr desmantelarlo). Como se podía prever, en vez de perseguir a los montaraces altos ejecutivos empresariales y a los negligentes supervisores de los mercados de valores, la elite en el poder da palos retóricos a los genios malignos de la codicia sin freno: especuladores, jugadores de ventaja, tramposos y tiburones. Como Jesús expulsando del Templo de Dios a los usureros, ahora proponen sacar a los transgresores de nuestros días de Wall Street, el templo del capitalismo cismundano. Levantan el fantasma de la Gran Depresión de 1929, a fin de amodorrar a los movimientos sociales populares, de izquierda o de derecha. Y oponen Wall Street a “Main Street” para evitar el debate sobre el vasto hiato que separa a los 10.000 de la clase alta, por un lado, de las clases medias asalariadas, los trabajadores manuales con ingresos fijos y los trabajadores pobres, por el otro. Con el 5% más rico de norteamericanos que ingresan más de un tercio de todos los ingresos personales, e ignorando a menudo el salario mínimo inveteradamente estancado, resulta asombroso que el discurso político se centre en el sufrimiento de las familias de clase media. Hasta John Sweeney, presidente del sindicato AFL-CIO, subraya la necesidad de “contrarrestar el poder de las grandes corporaciones empresariales y revertir el declive de la clase media”. Y le primer ministro neolaborista de Gran Bretaña, Gordon Brown, urge a Washington y a Londres a “aprovechar el momento” para llevar a cabo “la mayor expansión que jamás haya visto el mundo de los ingresos y los puestos de trabajo de la clase media”. ¡Ay de quien se avilante a mencionar a las clases trabajadoras o medias-bajas, por no hablar de los pobres: por ahora, en Norteamérica, las calles están tranquilas, las líneas de piqueteros son ralas, las sentadas, raras y los mítines urbanos, calmos.
A pesar de Bernanke y de su mentor Milton Friedman, las causas del crac que trajo consigo la Gran Depresión guardan poco parecido con las que propiciaron la caída de 2008. A resultas de la I Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, las sociedades europeas entraron en una prolongada crisis marcada por la turbulencia económica, la rebelión política y la desconfianza cultural, una etapa en la que parecieron desplomarse los fundamentos mismos del capitalismo. Es notable que, en el ojo mismo de la tormenta, John Maynard Keynes, que en 1929-30 andaba todavía intensamente ocupado con las tasas de interés, regresara abruptamente a la economía política que había atravesado sus profético libro Las consecuencias económicas de la paz (1919) [traducción castellana: Barcelona, Crítica, varias ediciones; T.]. En la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, publicado en 1936, tomó en cuenta una crisis orgánica que entrañaba el desempleo disparado, el malestar del mundo del trabajo, la discordia ideológica y la lucha política. Keynes miró también a la emergente economía colectiva y planificada de la Rusia soviética, la antítesis del capitalismo que él trataba de revitalizar y preservar.
En efecto, la idea de planificación económica ganó partidarios en Occidente, aun si orientada a distintos objetivos: los países avanzados recurrieron a ella para estabilizar sus economías, mientras que los soviets sitiados lo abrazaron para forzar la rápida industrialización y el rearme militar de Rusia. La planificación fue adoptada también por regímenes populistas de derecha: como respuesta a los dos primeros planes quinquenales del Kremlin, la Alemania nazi lanzó por su cuenta un plan cuatrienal para estimular la recuperación económica del Tercer Reich y su reparación para la guerra. En general, sin embargo, el concepto de planificación llegó a ser una consigna común a la izquierda que aspiraba a encontrar una salida progresista-reformista de la crisis: el New Deal en los EEUU y los Frentes Populares por toda Europa. Todos aceptaron la premisa keynesiana de que las crisis capitalistas graves y agudas, no pudiendo “autocorregirse” salvo a costos inaceptables, obligaban a la intervención de gobiernos y bancos centrales.
Evidentemente, los EEUU de nuestros días no están, ni de lejos, atravesando una crisis tan honda y tan ancha como la de los años 30, que fue, a la vez, una crisis económica, política, social, cultural e ideológica. Pero eso no significa que los economistas monetaristas ortodoxos estén mejor equipados para tratar de reparar el sacudido sistema. Así como su teoría y sus modelos computerizados fracasaron a la hora de integrar las dimensiones no económicas de la Gran Depresión, tampoco pueden explicar las turbulencias de un capitalismo radicalmente diferente del de los años de entreguerras y posguerra. Habiendo sobrevivido a os sombríos años 30, a la II Guerra Mundial y al caos posbélico de 1945-55, el capitalismo creció por la vía de concentrar cada vez más, de hacerse más transnacional y global. Y el imperio norteamericano en expansión se convirtió en su eje y fortaleza.
Ese factor imperial determina los puntos fuertes y los puntos débiles de la Norteamérica de nuestros días. Habiéndose acercado, pero sin rozarlo todavía, al punto de colapso, el imperio norteamericano está condenado a ser cada vez menos rentable económicamente y a gozar de menos y menos consenso. El coste de mantener un imperium sobredimensionado en una época de crecientes rivalidades entre grandes potencias es alto. Además del gargantuesco presupuesto militar regular, Washington tiene que financiar guerras continuas, así como un sinnúmero de misiones de ayuda exterior, inteligencia y uso de fuerza de baja intensidad. Esas cargas exacerban los déficits presupuestarios financiados por prestamistas extranjeros, públicos y privados, incluidos los fondos soberanos de riqueza, lo que desestabiliza al dólar.
El fiasco subprime y el acumulativo hundimiento crediticio transnacional no serían sino clásicos estallidos de burbuja, si no fueran intrínsecos a la empresa y a la cruzada imperiales norteamericanas. Mientras las clases altas cosechan los beneficios del imperio, las masas cargan con una parte desapoderad de los costos. Frágiles como son los salarios y el empleo en una economía en vías de desindustrialización, sólo unas formas engañosamente baratas y opacas de crédito –hipotecas, préstamos conforme al valor estimado de la vivienda, tarjetas de crédito— han logrado impedir que los estratos bajos pusieran en cuestión las vastas sumas despilfarradas en la mission civilisatrice norteamericana.
Los teóricos marxistas llegaron a predecir, llenos de confianza, que la aceleración de los ciclos de auge y estallido en el capitalismo era indicio de su inminente colapso. En nuestros días, la elite en el poder hace suya esa predicción para sus propios fines: presidentes de consejos de administración, banqueros, economistas, políticos y tertulianos mediáticos alertan de que, a menos que los gobiernos intervengan con vigor, el capitalismo globalizante se irá a pique. Tales alarmas son confundentes, también porque, bajo el capitalismo, la política y la economía anduvieron desde el principio interconectadas. La ostensible separación de esas esferas es un mito que se desdibuja cada vez que el ciclo económico cae en tremolina.
En fecha tan temprana como 1910, el teórico socialdemócrata Rudolf Hilferding publicó su tratado sobre la intensificación de los ciclos en el capitalismo con el notable título de El capital financiero: un estudio sobre la última fase del desarrollo capitalista. No era el primer pensador marxista que contraponía el capitalismo desembridado de mercado libre a su forma más avanzada, marcada por una galopante concentración financiera, industrial y comercial. Pero fue tal vez el más lúcido. Muchos socialistas y marxistas, incluidos Jean Jaurès, Lenin y Rosa Luxemburgo, postularon que las clases dominantes europeas, desafiadas por una clase obrera cada vez más militante, presionarían a sus gobiernos para que se lanzaran a derivas imperiales, en parte para canalizar el descontento interno hacia el sistema internacional. Buena parte de la izquierda europea de la época esperaba con tensión que las rivalidades imperialistas llevaran a una guerra europea catastrófica que generar levantamientos revolucionarios. Sin minimizar la probabilidad de un giro así de las cosas, Hilferding ponía el acento en la articulación lograda por el orden establecido, a despecho de las pugnas entre las clases dominantes en los gobiernos. En su interpretación, resultaba probable que el capitalismo y el Estado en que se apoyaba salieran fortalecidos de unas crisis periódicas que inducían a intervenciones políticas en la economía. Como Keynes luego de la Gran Guerra, concedía de mala gana la tenaz persistencia del capitalismo, aun a pesar de sus muchos y recurrentes desmayos. Y lo cierto es que no sólo capeó la Depresión, sino la Guerra de los Treinta Años del siglo XX, la Guerra Fría, el shock de la descolonización y la rebelión de los condenados de la Tierra. Sobre todo una vez que la Europa occidental y central fuera restaurada merced al bombeo del Plan Marshall y a golpe de blandir la amenaza comunista, el capitalismo logró escalar a cumbres sin precedentes y difundirse por todo el planeta. No sólo contuvo al comunismo, para finalmente prevalecer sobre él, sino que puso sitio a la socialdemocracia, cuyo legado, en forma de Estado social o de bienestar, se halla hoy bajo asalto en varios países de Europa.
En un punto central, los marxistas de todas las corrientes dieron en el clavo: mientras sobreviva el capitalismo, la consolidación y la concentración ganarán terreno en los sectores clave de las economías avanzadas, incluido el epicéntrico sector financiero. A medida que continuaba el proceso, el mundo de los negocios crecía en mayor interrelación con el Estado, reforzado por unos almenados gobiernos durante los recurrentes períodos de declive. Esos desplomes constituyeron mojones en el camino hacia varios tipos de capitalismo de Estado, incluidas, eventualmente, esas curiosas formas que han adoptado la Rusia postsoviética y la China post-Mao. Puede que el Estado no posea o controle el grueso de los medios de producción y finanzas. Pero, aun en la sedicente Norteamérica del laissez-faire, el complejo constituido por los militares, la industria y el Congreso no es sino un brazo de un gigantesco pulpo de intereses megaempresariales vinculados al Estado que llega a los cuatro costados del imperio.
La magnitud de la crisis que golpeó al capitalismo en los años 30 es virtualmente inimaginable aun en medio de la presente, que es la peor contracción experimentada desde entonces. Durante el Gran Crac de 1929, las acciones en el mercado de valores de Nueva York cayeron a una velocidad de vértigo. En su nadir de 1932, el índice Dow Jones de valores industriales se había desplomado cerca de un 75%. Hacia 1933, cuando el Congreso aprobó la Ley Glass-Steagall que ordenaba la separación entre la banca comercial y la industrial, unos 4.000 bancos habían quebrado, una cuarta parte de la fuerza de trabajo estadounidense estaba sin trabajo y el ingreso nacional se había desplomado un 50%.
La gigantesca ola procedente de los EEUU pronto se abatió sobre Europa. En el momento del Crac de Wall Street de octubre de 1929, la Alemania de Weimar contaba ya con un millón y medio de desempleados. Cuando fue aprobada la Ley Glass-Steagall, ese número había crecido hasta rebasar los 6 millones, cerca de un cuarto de la población trabajadora; los nacional-socialistas y los comunistas habían conseguido, respectivamente, 13.400.000 votos y 3.700.000 votos en las elecciones presidenciales, y Adolfo Hitler era Canciller. Otros países europeos habían sucumbido igualmente a la tormenta, aunque en menor grado en la mayoría de los casos. Aun suponiendo que los EEUU se hubieran recuperado rápidamente, se puede dudar de que los beneficios hubieran logrado cruzar el Atlántico a tiempo para tranquilizar a una Europa sacudida por el fascismo y el comunismo y atrapada políticamente entre Berlín y Moscú. O de que hubieran atravesado el Pacífico para contribuir a calmar las aguas en Japón y evitar la invasión de Manchuria.
En nuestros días, el mundo que goza de elevados ingresos –los EEUU, la UE y Japón— se halla libre de conflictos ideológicos mayores, en parte porque el capitalismo tiene vara alta sobre el mundo entero. Antes, naciones comunistas como China y Rusia, naciones mucho tiempo protosocialistas como la India y hasta naciones islámicas tomaron el camino hacia el capitalismo político o de Estado. La globalización se ha puesto en cabeza, lo que se refleja en el crecimiento de las corporaciones transnacionales, en las transacciones financieras transfronterizas y en las telecomunicaciones a la velocidad de la luz. En las economías avanzadas, los sectores de servicios y conocimiento se están imponiendo a la manufactura y la industria, reduciendo radicalmente el número de trabajadores manuales sindicalizados, cuyos puestos ocupan ahora empleados de oficina en el sector privado, difíciles de organizar. Los salarios y las remuneraciones se han visto deprimidos por la reserva trabajo en expansión de los países de mercados emergentes y por el trabajo inmigrante que de esas naciones se distribuye por el mundo entero. En efecto, la globalización gratuita acelera el debilitamiento del poder de contrapeso del mundo del trabajo en todo el llamado mundo desarrollado.
Y sin embargo, a pesar de los cambios enormes del capitalismo, los poderes existentes insisten en señalar grandes paralelismos entre el Crac de 2008 y el Crac de 1929. Irónicamente, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, está acreditado por su investigación académica sobre la Gran Depresión. Propone hacer todo lo que esté en su mano para evitar los yerros que llevaron del Viernes Negro al abismo del colapso económico. De aquí su decisión de no perder ni un minuto a la hora de salvar unas instituciones financieras que son harto más grandes, concentradas e internacionales de lo que eran hace 80 años (y en el proceso, se harán más grandes todavía). La apuesta por un darwinismo socio-económico movido por lo que Joseph Schumpeter llamó el “perenne vendaval de la destrucción creativa”, ha permitido a los grandes volverse más grandes y fuertes a expensas de los más débiles y pequeños, señaladamente en el sector financiero, donde un puñado de grandes bancos ha conseguido encaramarse a la cumbre. Gracias a una selección natural apuntalada por el Estado, Citigroup, Goldman Sachs, el Bank of America, J.P. Morgan Chase y Wells Fargo –que dispone del 40% de las acciones de la banca nacional- han hecho caja. Lo mismo ha ocurrido con la American International Group (A.I.G.), la mastodóntica compañía de seguros que, a través de Goldman Sachs, está vinculada con todo el sistema bancario occidental y opera en más de cien países. En el sector industrial, Washington no ha dudado en arrojar más de un salvavidas a General Motors y a Chrysler. Este tipo de facilidades, acompañadas de pérdidas masivas de empleo y recortes de salarios, son consideradas un asunto menor. Lo cierto, sin embargo, es que Citigroup ha dejado en la calle a 52.000 de sus 300.000 empleados en todo el mundo, y las reducciones de plantilla en General Motors son de similar magnitud. Mientras tanto, y a resultas de la presión por reducir costes, siguen produciéndose fusiones gigantescas.
Está claro que lo que en Estados Unidos se exalta como un capitalismo democrático es en realidad un sistema que, en la medida en que se ha visto forzado a competir con economías no occidentales apoyadas y guiadas por el Estado, como la china, la india o la rusa, se ha vuelto cada vez más propicio a la concentración y a la intervención estatal. En los inicios de los años 20, al tiempo que se ponía en marcha la NEP y se privatizaban diferentes sectores de la embrionaria economía planificada y colectivista de la Unión Soviética, Lenin insistía que sus “puestos de mando” -industria pesada, banca, comercio exterior y ferrocarriles- debían continuar bajo propiedad y control estatal. Hoy en día, son cada vez menos las grandes empresas, muchas de ellas de dimensión mundial, reservadas a los puestos de mando del aparato estatal en la economía estadounidense. Por el contrario, son los gobiernos quienes, presionados por grupos privados de presión muy bien financiados y asesorados, salen a respaldar sus intereses y a rescatar sus empresas en caso de que las cosas no marchen bien.
Prácticamente toda la clase política ha sugerido que hay que responder a la crisis financiera global mediante la re-regulación de unos mercados y transacciones supuestamente desbocados. Nadie cuestiona, sin embargo, la singular racionalidad del capitalismo estadounidense, basada en la búsqueda irrestricta de beneficio y en la creación destructiva. Durante sus 18 años al frente de la Reserva Federal, Alan Greenspan no sólo consideró incontrovertible que los mercados de riesgo y la persecución del propio beneficio conducirían en última instancia a la auto-regulación. También dio por supuesta la “aceleración del proceso de destrucción creativa que ha acompañado la expansión de la innovación económica y que se refleja en el desplazamiento de las inversiones de capital desde tecnologías en decadencia hacia tecnologías de punta”. Ni siquiera hoy, la élite de los economistas académicos y sus financiadores se atreve a cuestionar los imperativos de hierro de una globalización capitalista orientada al beneficio y a la eficiencia, cuyo objetivo es hacer del mundo un sitio seguro para un consumismo sostenido en la difusión de las tarjetas de crédito.
Tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, y al tiempo que declaraba la guerra al terror, el presidente George W. Bush invitaba a los estadounidenses a que “fueran de compras” y “visitaran Disney World, en Florida”. El 8 de marzo de 2009, en medio de la gran recesión, el presidente Obama los exhortaba, por su parte, a “no dejar de consumir de golpe” apresurándose a “guardar el dinero bajo el colchón”. Cuatro días antes, en su discurso a la sesión anual del Parlamento chino, el Primer Ministro, Wen Jiabao, acompañaba el anuncio de un nuevo paquete de estímulos a la demanda con un discurso que alentaba a los chinos a ser menos frugales y a gastar más en bienes y servicios.
Aparte de rescatar a mega-empresas que tienen la fortuna de ser “demasiado grandes como para dejarlas caer”, la clase política occidental ha exhibido pocas ideas más allá de las ayudas, los ajustes e incentivos fiscales, el aumento del gasto público, el recurso al proteccionismo moderado, la regulación de los mercados financieros o un cierto rigor con los paraísos fiscales. En todos los casos, como ha recordado el presidente Obama, se trata de medidas “plenamente consistentes con los principios del libre mercado”. La imposición de estándares de regulación más estrictos, sin embargo, no parece ser una receta segura si de lo que se trata es de reparar el actual descoyuntamiento y de prevenir futuras crisis. Como bien advirtió Marx, es probable que la frecuencia y la magnitud de las convulsiones del capitalismo aumenten con su irreversible globalización. Si ya es difícil controlar a los banqueros, gestores de fondos, aseguradores e intermediarios en un solo país, diseñar y poner en práctica un sistema global de regulación financiera para 192 estados soberanos con diferentes niveles de desarrollo y con intereses económicos, prioridades sociales y agendas políticas en conflicto entre sí, se presenta como una empresa imposible.
A pesar de ello, la clase política, los economistas, los responsables de los bancos centrales y los intelectuales públicos de casi todas las naciones claman por una respuesta global al actual colapso financiero y económico mundial. El 15 de noviembre de 2008, sólo diez días después de la elección presidencial estadounidense, el todavía presidente Bush ofició como anfitrión en una cumbre preliminar de líderes del G-20, esto es, de las 20 primeras economías del mundo. Algunos líderes europeos apelaron de manera grandilocuente a la refundación o renovación del capitalismo. A puertas cerradas, no obstante, se centraron en cuestiones más prosaicas como la necesidad de mayores controles y transparencia. Para los medios y de cara a la galería, despotricaron contra los creativamente destructivos magnates bancarios y empresariales, y se mostraron dispuestos a limitar, con prudencia, sus salarios, primas, y demás paracaídas de oro. De ese modo, las élites presentaban los actuales espasmos del capitalismo como un hecho azaroso, personal o moral, más que como una cuestión sistémica, socio-económica y política. Aceptado este diagnóstico, la alternativa, más que la reforma profunda, pasaba a ser la purificación, el exorcismo y la rehabilitación a través de una mezcla de regulación estricta de los mercados financieros en el ámbito estatal y suave en el transnacional. En cualquier caso, como se sabe, desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, esta clase de intentos de purgar la avaricia y la corrupción del mundo han sido tan inútiles como querer atrapar el viento con una red.
La creciente tendencia a las crisis es algo inherente al capitalismo financiero de libre mercado y globalizado. Sin embargo, dada la ausencia de un modelo coherente y creíble de economía, de política y de sociedad alternativas, el mundo no parece, a pesar de las predicciones en contrario, encaminarse hacia una encrucijada histórica. Son pocos los partidos políticos y los pensadores capaces de articular, de un modo razonable, una crítica sistemática al capitalismo contemporáneo o de proponer un programa amplio de reformas. Es un sinsentido que un presidente pro-negocios como el francés Nicolás Sarkozy venga a decir que “es una locura” afirmar que “los mercados tienen siempre razón” y que “se asiste al ocaso de una cierta idea de globalización vinculada al fin de un capitalismo financiero que impuso su lógica en el conjunto de la economía”. Nada indica, de hecho, que el prodigioso poder financiero, económico, militar, cultural e ideológico de Washington vaya a desplomarse de la noche al día a favor de Europa, Japón, China, Rusia o de aquéllos que, en general, culpan a la insaciabilidad de Estados Unidos por la actual pandemia. A pesar de las rivalidades económicas y de los desacuerdos diplomáticos, las clases dirigentes de las naciones más “desarrolladas” carecen de una visión muy diferente a la de sus contrapartes norteamericanas. Por eso, no tienen interés alguno en un súbito colapso de los Estados Unidos y en el fin del dólar como moneda de reserva global. Comenzando por Beijing, que a pesar de haber lanzado la idea de una “moneda de reserva super-soberana”, está atrapada en una férrea interdependencia con la economía norteamericana. Como para el resto del mundo, también los Estados Unidos son demasiado grandes como para dejarlos caer.
El Crac de 2008 supone un punto de inflexión en el capitalismo que se expresa, entre otras cuestiones, en el paso de intervenciones microeconómicas de ámbito estatal a intervenciones macroeconómicas y multinacionales coordinadas en una escala más amplia. Por el momento, el énfasis ha recaído en la necesidad de políticas transfronterizas dirigidas no simplemente a estabilizar las principales economías y mercados financieros mundiales, sino a revivir las intermitentes economías de ingresos bajos y medios de los países Bálticos, Europa del Este y, en general, el mundo “en vías de desarrollo”. En este contexto, la ideología puede dejarse de lado sin problema: mientras los líderes de la Unión Europea, con más vehemencia que sus colegas allende el Atlántico, fustigan a los regímenes autoritarios de China, los países del Golfo y Rusia, tienen pocos miramientos a la hora de presionarlos para que contribuyan al rescate del capitalismo democrático. Antes de la cumbre de Washington, Gordon Brown y Sarkozy reclamaron que las economías capitalistas autocráticas inyectaran parte de sus reservas monetarias en las arterias del sistema crediticio internacional. Significativamente, durante la escala en China de su primer y apresurado tour imperial, la Secretaria de Estado Hillary Clinton demandó a Beijing que continuara comprando bonos del Tesoro de los Estados Unidos no sólo porque fueran “una buena inversión”, sino también porque “estamos en el mismo barco[…de manera que…] o nos recuperamos juntos o nos hundimos juntos”. Gracias al superávit de su comercio exterior, China tiene una reserva cercana a los dos billones de dólares -casi seis veces las reservas del Fondo Monetario Internacional-. Rusia y los países del Golfo, por su parte, han amasado millones y millones en monedas fuertes, si bien sus reservas se han reducido a la mitad. En cualquier caso, si llegan a echar una mano, además de buscar sólidas contraprestaciones en términos financieros, exigirán un alto precio político, comenzando por una presencia más fuerte en los puestos de mando del orden económico-financiero global post-Bretton Woods.
Por lo que respecta a los Estados Unidos, si las raíces de la crisis fueran sólo fiscales y económicas, podrían sortearla con relativamente poco dolor y sin mayores dificultades. Sin embargo, a finales de septiembre de 2008, Washington acumulaba ya un déficit presupuestario de 455.000 millones de dólares. Se calcula que durante este ejercicio fiscal dicho déficit ascenderá como mínimo a los 700 millones de dólares, a los que habría que sumar un déficit comercial desbocado y unos pagos de intereses que conforman una deuda nacional multi-billonaria. Esta hipoteca sobre el futuro, que detrae fondos esenciales para la salud pública, la educación y la seguridad social, podría reducirse a través del recorte de unos gastos militares que continúan siendo equivalentes al del resto de países del planeta unidos. El presupuesto base del Departamento de Defensa para el ejercicio 200-2008 fue de unos 440.000 millones de dólares, y las guerras en Irak y Afganistán insumen unos 12.000 millones de dólares por mes. A ello hay que sumarle los miles de millones de dólares que se gastan en asistencia militar y económica así como en operaciones secretas.
Vale la pena recordar que, si bien en 1929 los Estados Unidos eran ya una nación acreedora, su presupuesto militar era insignificante y, sin un imperio que mantener, podían ahorrarse gastos. Aun así, hizo falta la planificación económica de la Segunda Guerra Mundial, la euforia posbélica y el impulso imperial para que la prosperidad pudiera irrumpir. Hoy, el imperio está alcanzando su cenit pero también está entrando en su curva descendente. Aunque la elección presidencial de 2008 se desarrolló en medio de dos guerras costosísimas y de considerables dificultades económicas, ninguno de los candidatos mencionó el monto exorbitante de los gastos imperiales. Por el contrario, John McCain y Barack Obama pugnaron por mostrar quién sería capaz de perseguir con mayor firmeza el interés imperial de los Estados Unidos, un interés al que ambos candidatos se referían invariablemente como el interés nacional. Las diferencias entre ambos partidos y sus seguidores se revelaron más bien tácticas y de estilo. A poco de asumir la presidencia, Obama declaró que América mantendría “su dominio militar”, haciendo “lo que hiciera falta para mantener la ventaja tecnológica […] de las fuerzas armadas más potentes de la historia mundial” y poder, así, “derrotar y disuadir” tanto a enemigos “convencionales” como “no convencionales”.
Claramente, el imperio norteamericano no será sacrificado sin más al altar de la responsabilidad fiscal. Por el contrario, será el objetivo de un presupuesto equilibrado el sacrificado a la supervivencia del imperio, sobre todo porque, cuando se trata de excreciones imperiales, no se puede olvidar que el imperio sirve a diferentes propósitos. Además de resultar rentable para sectores fundamentales de la economía, permite promover el prestigio de los Estados Unidos, la cohesión social y la influencia cultural. Por supuesto, el imperio entraña una pesada carga civil que no puede expresarse en dólares: la creciente corrupción del proceso político a manos de los grandes intereses económicos, comenzando por el de aquellos grupos de poder copiosamente financiados por la banca. Para recordar los efectos de esta plaga, vale la pena volver sobre los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, de Maquiavelo, o las Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia, de Montesquieu.
La miseria del monetarismo
Aunque el imperio estadounidense ha traspasado su pico histórico, sigue siendo una superpotencia con una capacidad militar lo suficientemente imponente como para compensar su erosionado pero todavía considerable poder “blando” o “inteligente”. Como bien observó Gibbon, los imperios no declinan ni caen de una vez. Por eso, como sugirió tras completar su magistral Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, en 1788, en lugar de preguntar por qué Roma fue destruida “deberíamos sorprendernos de que haya sobrevivido durante tanto tiempo”.
Finalmente, cabe plantear la cuestión de si el imperio estadounidense deberá afrontar, como el romano, rebeliones provenientes de lo que Arnold Toynbee llamó el proletariado “interno” y “externo”. Mientras que en Estados Unidos, el centro de Europa y Japón dichas rebeliones se podrían producir a resultas de la frustración de las creciente expectativas sociales, en el mundo “en vías de desarrollo” es más probable que estallen como consecuencia de la cruda pobreza y de las penurias espoleadas por la explosión demográfica, sobre todo en tiempos de desempleo galopante, salarios menguantes y volatilización de los precios de los alimentos. Alrededor de un 20% de los 65.000 millones de habitantes del mundo viven hoy con 1 dólar por día; un 50%, lo hace con menos de 2 dólares, la mayoría de los países “en desarrollo”. Más que los desacuerdos religiosos o étnicos, son esta miseria material, sumada a la crisis ecológica, las que pueden disparar una violencia popular desestabilizadora. En marzo de 2009, en la víspera de la cumbre del G-20 en Londres, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, dejó claro que, para afrontar el mayor hundimiento de la economía y del comercio mundiales desde 1945, las economías de las naciones emergentes del Tercer Mundo necesitaban “inversiones en redes de seguridad, infraestructuras y pequeñas y medianas empresas que creen empleos y contribuyan a evitar las turbulencias sociales y políticas”. O dicho en las más precisas palabras de la carta abierta dirigida a la cumbre de Washington por el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon: “Si cientos de millones de personas pierden sus medios de vida y sus esperanzas en el futuro como consecuencia de una crisis en la que no han tenido responsabilidad alguna, la crisis humana que sobrevendrá no será sólo económica”.
Arno J. Mayer es profesor emérito de historia en la Universidad de Princeton. Autodefinido como “marxista disidente de izquierda”, es autor, entre otras obras, de The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, 2001.
Traducción para www.sinpermiso.info: Gerardo Pisarello
Los anticapitalistas avanzan. Izquierda anticapitalista ha colgado en Youtube y en su web (anticapitalistas. org) su primer vídeo de presentación en sociedad.
En la precampaña de las elecciones europeas del 7 de junio hay ya una izquierda que se afirma anticapitalista, que llega con ganas de combate y que ha nacido en toda Europa con voluntad de cambiar la sociedad porque "OTRA EUROPA ES POSIBLE, DESDE ABAJO Y A LA IZQUIERDA"
Ésta es la dirección del vídeo: <object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/9z5Nai45_fA&hl=es&fs=1"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/9z5Nai45_fA&hl=es&fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object>
“Firmeza revolucionaria”, “rigor ideológico”, “defensa de los principios”,...Diversos modos bajo los que se esconde la misma lacra: el espíritu de secta.
Repiten como un mantra sus esclerotizadas “verdades”, su enmohecido discurso, al que ya ni la naftalina puede salvar del deterioro inevitable.
La debacle de un cierto modo de entender la izquierda, que poco tenía de tal porque su concepción del mundo estaba atrapada por una visión religiosa de sí misma y de un análisis de la realidad a través de un prisma unidimensional y rígido, trajo como consecuencia un resentimiento, cargado de odio, contra todo lo que no cuadraba en su simple y reducido esquema.
El sectario no conoce oponentes, el lenguaje de la política. Sólo tiene enemigos, el lenguaje de la guerra. En su mezquindad insulta, agrede, vilipendia, amenaza, arremete, injuria, increpa, agravia. No recurre al argumento ni a la razón. Sólo desea ver destruido a quien no piensa como él. Teme al espíritu libre y al pensamiento crítico. Califica de traidor a todo el que no coincide milimétricamente con su ajado y caduco discurso. Si sus palabras pudieran matar, lo harían.
No se mueve en la reflexión sino en las certezas reveladas e inmutables. Si el mundo cambia, peor para él. Sus sagrados principios se escriben siempre con mayúscula inicial. La teoría y la corriente de pensamiento es para él como la farola para el borracho. No la busca para alumbrarse sino para abrazarse a ella y no caerse.
Se sabe un superviviente, un eslabón perdido entre un pasado que no volverá y un mundo que se escapa a su comprensión. Sueña con un mundo ya finiquitado lleno de lo que cree viejos dinosaurios pero, en su interior, se siente un pigmeo perdido ante una sociedad que lo ignora.
Como mitómano nostálgico, el presente se le hace carente de interés, extraño e ingrato porque no le permite desplegar la proyección épica de su propia frustración.
Ha vaciado sus totems de toda arista, duda, rasgo de humanidad o punto de incertidumbre. Jamás se le ocurriría verlos como estímulos que sugieren, como incitación a pensar. El pensamiento es, para ellos, el más peligroso riesgo contra el dogma: una desviación liberal, propia de pequeño burgueses. Tiene, para quienes se alejan de la ortodoxia, variados epítetos, todos ellos repetidos “urbi et orbe”, por sus secuaces: izquierdistas, progre-liberales, trotskistas, anarquistas individualistas, revisionistas, desviacionistas,...Cuando su manida y patética artillería de gritón y ridículo “pequeño hombrecito” se le agota entonces , creativamente, recurre a la cantera de lo personal, que no reproduciré aquí por respeto a la inteligencia del lector.
Hasta aquí, un perfil bien conocido por la amplia mayoría. No es, por desgracia, el único de los perfiles del sectario. Hay otro al que no me resigno a analizar.
Se trata del iconoclasta profesional. Ese ser para el que nadie es respetable y todos traidores a la causa, salvo él mismo. Tiene tan elevada imagen de sí que nadie más que él es de una sola pieza.
Es el derrotista e hipercrítico trovador de las traiciones y los errores ajenos. No reconoce que todo ser humano, corriente de pensamiento, político o trayectoria, tienen luces y sombras y que el balance final es un compendio de ambas, en la que la capacidad de ser generoso y justo en el juicio engrandece al juez.
Es el sectario maximalista del “háganse las cosas como yo digo o húndase el mundo”. Políticamente es menos peligroso que el primero porque su narcisismo es de raíz infantil pero se agota en el negacionismo. Mantiene un porte aristocrático de mesías pagado de sí mismo y satisfecho de su incontaminada pureza. Si los demás no le siguen es porque son vendidos al capital, sin más. Resulta sumamente irritante pero, en su ultracriticismo, no suele encontrarse la pulsión homicida del primero que sólo la limita por la dificultad técnica de acabar con todos los que él quisiera...¡son tantos!
En todo caso, ambos son totalitarios. Su resorte no es la razón. No se sienten cómodos en el intercambio de pareceres. No ven a los demás como iguales con los que contrastar sus puntos de vista. Sus verdades son indiscutibles, axiomáticas y, si algo se opone a tal apriorismo, arrambla contra ello, negando el principio del respeto al otro y a la libre comunidad de pensamientos dispares. La descalificación del otro como parte de la izquierda es su norte
El espíritu de secta nace del grupúsculo hermético, de la oportunista trampa a la realidad que no asume que el mundo es plural, que la izquierda es cuestionarse todo, dudar, aceptar “que el pensamiento no puede ser eterno, que el pensamiento es estar siempre de paso”, volver a empezar tras cada derrota, no resignarse ni abrazarse a un muerto, querer siempre cambiar el mundo de base, incluso al día siguiente de la revolución, no acomodarse a las respuestas fáciles, seguir buscando, percibir la diversidad como riqueza y al otro, como mucho, como oponente; nunca como enemigo. Ser humanista porque es la especie humana, con los individuos concretos que la forman, el objeto de nuestros afectos y nuestros deseos de un mundo mejor y más justo.
Frente a la secta, que se afirma en la depuración incluso de sí misma, porque todos son sospechosos, hasta que el triunfo final es la unicidad exclusiva del “todos traidores menos yo”, el único camino es el diálogo, la negación de las verdades absolutas, la comprensión de que juntos sumamos y divididos nos empobrecemos, la verdadera autocrítica que reflexiona sobre cuánto tiene la izquierda de causante de sus autoderrotas, nacidas en parte de su soberbia ante la verdad revelada en el particular Sinaí de cada capillita escolástica.
La incapacidad para cambiar de rumbo, la rigidez en el comportamiento del sistema de poder, es una clara muestra de decadencia.
Jorge Beinstein | Para Kaos en la Red 16-4-2009
1. La decadencia del Imperio
Salto al vacío
La recesión se instaló en los Estados Unidos hacia fines de 2007, se fue agravando durante 2008 y en el último trimestre se produjo la entrada en depresión con una caída del Producto Bruto Interno superior al 6 %. Las informaciones económicas al comenzar 2009 demuestran que el proceso tiende a radicalizarse.
Se despliega ante nuestros ojos el final de lo que deberíamos mirar como el primer capítulo de la declinación del Imperio norteamericano (aproximadamente 2001-2007) y el comienzo de un proceso turbulento disparado por el salto cualitativo de tendencias negativas que se fueron desarrollando durante un largo período.
De todos modos las malas noticias económicas y militares (fracaso evidente de las guerras coloniales en Asia) no parecen bloquear las rutinas imperiales de Washington, Obama anuncia la retirada gradual de Irak pero al mismo tiempo decide ampliar la ofensiva bélica en Afganistan (y en Pakistán) hostilizando así a Rusia y China y preservando los mega gastos parasitarios del Complejo Industrial Militar (mas de un millón de millones de dólares) y en consecuencia agrandando un super déficit fiscal insostenible.
La incapacidad para cambiar de rumbo, la rigidez en el comportamiento del sistema de poder, es una clara muestra de decadencia.
En la cúpula del sistema reina la incertidumbre que se va convirtiendo en pánico; el fantasma del colapso comienza a asomar su rostro. Mientras tanto la autoridades económicas inyectan masivamente liquidez en el mercado, otorgan subsidios fiscales e improvisan costosos salvatajes a las instituciones financieras en bancarrota intentando suavizar la recesión sabiendo que de ese modo están construyendo una gigantesca bomba de tiempo inflacionaria y condenando al dólar a una declinación segura.
La palabra "colapso" fue apareciendo con creciente intensidad desde fines de 2007 en entrevistas y artículos periodísticos muchas veces combinadas con otras expresiones no menos terribles, en algunos casos adoptando su aspecto más popular (derrumbe, caída catastrófica...) y en otros su forma rigurosa, es decir como sucesión irreversible de graves deterioros sistémicos, como decadencia general. Paul Craig Roberts (que fue en el pasado miembro del staff directivo del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y editor de Wall Street Journal) publicó el 20 de marzo de 2008 un texto titulado “El colapso de la potencia americana” donde describe los rasgos decisivos de la declinación integral de los Estados Unidos, el 27 de marzo “The Economist” titulaba “Esperando el armagedon” a un articulo referido a la marea irresistible de bancarrotas empresarias norteamericanas. El 14 de abril Financial Times publicaba un articulo de Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos donde señalaba que “la era unipolar, periodo sin precedentes de dominio estadounidense, ha terminado. Duro unas dos décadas, algo más de un instante en términos históricos”.
Una prolongada degradación
Para entender lo que está ocurriendo es necesario tomar en cuenta fenómenos que han modelado el comportamiento de la sociedad norteamericana durante las últimas tres décadas generando un proceso de decadencia social.
En primer lugar el deterioro de la cultura productiva gradualmente desplazada por una combinación de consumismo y prácticas financieras. La precarización laboral incentivada a partir de la presidencia de Reagan buscaba disminuir la presión salarial mejorando así la rentabilidad capitalista y la competitividad internacional de la industria, pero a largo plazo degradó la cohesión laboral, el interés de los asalariados hacia las estructuras de producción. Ello derivó en una creciente ineficacia de los procesos innovadores que pasaron a ser cada vez más difíciles y caros comparados con los de los principales competidores globales (europeos, japoneses, etc.). Uno de sus resultados fue el déficit crónico y ascendente del comercio exterior (2 mil millones de dólares en 1971, 28 mil millones en 1981, 77 mil millones en 1991, 430 mil millones en 2001, 815 mil millones en 2007...).
Mientras tanto se fue expandiendo la masa de negocios financieros absorbiendo capitales que no encontraban espacios favorables en el tejido industrial y otras actividades productivas. Las empresas y el Estado demandaban esos fondos, las primeras para desarrollarse, concentrase, competir en un mundo cada vez más duro, y el segundo para solventar sus gastos militares y civiles que cumplían un papel muy importante en el sostenimiento de la demanda interna. Recordemos por ejemplo las erogaciones descomunales motivadas por la llamada "Iniciativa de Defensa Estratégica" (mas conocida como "Guerra de las Galaxias") lanzada por Reagan en 1983 en el momento en que la desocupación superaba el 10% de la Población Económicamente Activa (la cifra más alta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial). Financiarización económica (factor decisivo del ascenso parasitario) y decadencia de la cultura productiva constituyen dos procesos complementarios.
Un segundo fenómeno fue la concentración de ingresos, hacia comienzos de los años 1980 el 1 % más rico de la población absorbía entre el 7 % y el 8 % del Ingreso Nacional, veinte años después la cifra se había duplicado y en 2007 rondaba el 20 %: el más alto nivel de concentración desde fines de los años 1920, por su parte el 10 % mas rico paso de absorber un tercio del Ingreso Nacional hacia mediados de los años 1950 a cerca del 50% en la actualidad. Contrariamente a lo que enseña la “teoría económica” dicha concentración no derivó en mayores ahorros e inversiones industriales sino en más consumo y más negocios improductivos que con la ayuda del boom de las tecnologías de la información y la comunicación engendraron un universo semi virtual por encima del mundo, casi mágico, donde fantasía y realidad se mezclan caóticamente. Por allí navegaron millones de norteamericanos, en especial las clases superiores.
En tercer lugar (enlazado a lo anterior) se fue desplegando un proceso de desintegración social uno de cuyos aspectos más notables fue el incremento de la criminalidad y de la subcultura de la transgresión abarcando a los mas variados sectores de la población, acompañada por la criminalización de pobres, marginales y minorías étnicas. Actualmente las cárceles norteamericanas son las más pobladas del planeta, hacia 1980 alojaban unos 500 mil presos, en 1990 cerca de 1.150.000 , en 1997 eran 1.700.000 a los que había que agregar 3.900.000 en libertad vigilada (probation, etc.), pero a fines de 2006 los presos sumaban unos 2.260.000 y los ciudadanos en libertad vigilada unos 5 millones; en total más de 7.200.000 norteamericanos se encontraban bajo custodia judicial. En abril de 2008 un articulo aparecido en el New York Times señalaba que los Estados Unidos con menos del 5 % de la población mundial alojan al 25% de todos los presos del planeta, uno de cada cien de sus habitantes adultos se encuentran encarcelados; es la cifra más alta a nivel internacional.
En cuarto término es necesario a tomar en cuenta la larga marcha ascendente del Complejo Industrial Militar, área de convergencia entre el Estado, la industria y la ciencia que se fue expandiendo desde mediados de los años 1930 atravesando gobiernos demócratas y republicanos, guerras reales o imaginarias, períodos de calma global o de alta tensión. Algunos autores, entre ellos Chalmers Johnson, consideran que los gastos militares han sido el motor central de la economía norteamericana desde la Segunda Guerra Mundial hasta las guerras eurasiáticas de la administración Bush-Cheney pasando por Corea, Vietnam, la Guerra de las Galaxias y Kosovo. Y ahora Obama (guerra de Afganistán mediante) aparece también atrapado por la dinámica militarista. Según Johnson, que define a la estrategia sobre determinante seguida en las últimas siete décadas como "keynesianismo militar", el gasto bélico real del ejercicio fiscal 2008 superaría los 1,1 billones (millones de millones) de dólares, el más alto desde la Segunda Guerra Mundial (6). Estos gastos han ido creciendo a lo largo del tiempo involucrando a miles de empresas y millones de personas, de acuerdo a los cálculos de Rodrigue Tremblay en el año 2006 el Departamento de Defensa de los Estados Unidos empleó a 2.143.000 personas. mientras que los contratistas privados del sistema de defensa empleaban a 3.600.000 trabajadores (en total 5.743.000 puestos de trabajo) a los que hay que agregar unos 25 millones de veteranos de guerra. En suma, en los Estados Unidos unas 30 millones de personas (cifra equivalente al 20 % de la Población Económicamente Activa) reciben de manera directa e indirecta ingresos provenientes del gasto público militar.
El efecto multiplicador del sector sobre el conjunto de la economía posibilitó en el pasado la prosperidad de un esquema que Scott MacDonald califica como "the guns and butter economy", es decir una estructura donde el consumo de masas y la industria bélica se expandían al mismo tiempo. Pero ese largo ciclo esta llegando a su fin; la magnitud alcanzada por los gastos bélicos los ha convertido en un factor decisivo del déficit fiscal causando inflación y desvalorización internacional del dólar. Además su hipertrofia otorgó un enorme peso político a elites estatales (civiles y militares) y empresarias que se fueron embarcando en un autismo sin contrapesos sociales.
La creciente sofisticación tecnológica paralela al encarecimiento de los sistemas de armas alejó cada vez más a la ciencia militarizada de sus eventuales aplicaciones civiles afectando negativamente la competitividad industrial. Esta separación ascendente entre la ciencia-militar (devoradora de fondos y de talentos) y la industria civil llegó a niveles catastróficos en el período terminal de la ex Unión Soviética, ahora la historia parece repetirse.
A todo esto se suma un acontecimiento aparentemente inesperado, las guerras de Irak y Afganistán y, de manera indirecta, el fracaso de la ofensiva israelí en el Líbano han demostrado la ineficacia operativa de la súper compleja(y súper cara) maquinaria bélica de última generación puesta en jaque por enemigos que operan de manera descentralizada y con armas sencillas y baratas. Planteando una grave crisis de percepción (una catástrofe psicológica) entre los dirigentes del Complejo Industrial Militar de los Estados Unidos y de la OTAN (en la historia de las civilizaciones no es esta la primera vez que ocurre un fenómeno de este tipo).
En quinto lugar, la decadencia del Estado (estrechamente asociada a la hipertrofia militar-financiera) se expresó como repliegue de su capacidad integradora (declinación de la seguridad social, predominio de la cultura elitista en sus centros de decisión, etc.),degradación de la infraestructura y persistencia del déficit fiscal que ha derivado en una deuda pública gigantesca. Si nos remitimos a las últimas cuatro décadas los superávits fiscales constituyen una rareza, desde los años 1970 los déficits fueron creciendo hasta llegar a comienzos de los 1990 a niveles muy altos, sin embargo Clinton se despidió a fines de esa década con algunos superávits que observados desde un enfoque de largo plazo aparecen como hechos efímeros. Pero desde la llegada de George W. Bush el déficit regresó alcanzando cifras sin precedentes: 160 mil millones de dólares en 2002, 380 mil millones en 2003, 320 mil millones en 2005... ahora Obama se instala en la Casa Blanca con un déficit superior al millón de millones de dólares.
Nos encontramos frente a un estado imperial cargado de dudas, cuyo funcionamiento depende ya no solo del sistema financiero nacional sino también (cada vez más) del financiamiento internacional, le hubiera resultado extremadamente difícil a los Estados unidos lanzarse a su aventura militar asiática sin las compras de sus títulos por parte de China, Japón, Alemania y otras fuentes externas.
En sexto término debemos agregar la dependencia energética, hacia 1960 el Imperioimportaba el 16 % de su consumo de petróleo, actualmente llega al 65 %.
Los Estados Unidos emergieron como un gran país industrial porque desdecomienzos del siglo XX fueron también la primera potencia petrolera internacional. Al igual que Inglaterra durante el siglo XIX respecto del carbón, gozaron de una ventaja energética que les permitió desarrollar tecnologías apoyadas en dicho privilegio y competir exitosamente con el resto del mundo. Pero a mediados de los años 1950 prestigiosos expertos norteamericanos como el geólogo King Hubbert anunciaron el fin próximo de la era de abundancia energética nacional, según lo anticipó Hubbert (en 1956) desde comienzos de los 1970 la producción petrolera estadounidense comenzaría a declinar: así ocurrió.
La incapacidad de los Estados Unidos para reconvertir su sistema energético (tuvo casi cuatro décadas para hacerlo) reduciendo o frenando su dependencia respecto del petróleo puede ser atribuida en primer lugar a la presión de la compañías petroleras que impusieron la opción de la explotación intensiva de recursos externos, periféricos, que fueron sobrestimados. Podría afirmarse en este caso que la dinámica imperialista forjó una trampa energética de la que ahora es victima el propio Imperio. El estado no desarrolló estrategias de largo plazo tendientes al ahorro de energía, lo que probablemente habría desacelerado (no evitado) la crisis energética actual, no solo por la imposición del lobby petrolero sino también porque sus cúpulas políticas (demócratas y republicanas) se fueron sumergiendo en la cultura del corto plazo correspondiente a la era de la hegemonía financiera, subordinándose por completo a los intereses inmediatos de los grupos económicos dominantes.
Pero también deberíamos reflexionar acerca de los límites del sistema tecnológico moderno que los estadounidenses exacerbaron al extremo. El mismo se ha reproducido en torno de objetos técnicos decisivos de la cultura individualista (por ejemplo el automóvil) que definen el estilo de vida dominante y a procedimientos productivos basados en la explotación intensiva de recursos naturales no renovables o en la destrucción de los ciclos de reproducción de los recursos renovables. Gracias a esa lógica destructiva el capitalismo industrial pudo en Europa desde fines del siglo XVIII “independizarse” de los ritmos naturales sometiendo brutalmente a la naturaleza y acelerando la expansión de la civilización burguesa . Ello aparecía ante los admiradores del “progreso” en los siglos XIX y XX como la gran proeza del capitalismo, una visión más amplia nos permite ahora darnos cuenta que se trataba del despliegue de una de sus irracionalidades fundamentales que los Estados Unidos, el capitalismo más exitoso de la historia, llevó al más alto nivel jamás alcanzado.
Desequilibrios, deudas, declinación del dólar
La pérdida de dinamismo del sistema productivo fue compensado por la expansión del consumo privado (centrado en las clases altas), los gastos militares y la proliferación de actividades parasitarias lideradas por el sistema financiero. Lo que engendró crecientes desequilibrios fiscales y del comercio exterior y una acumulación incesante de deudas públicas y privadas, internas y externas. La deuda pública norteamericana pasó de 390 mil millones de dólares en 1970, a 930 mil millones en 1980, a 3,2 billones (millones de millones) en 1990, a 5,6 billones en 2000 para saltar a 9,5 billones en abril de 2008 y a 10,9 billones a comienzos de marzo de 2009; por su parte la deuda total de los estadounidenses (pública más privada) ronda 54 billones de dólares (aproximadamente equivalente a Producto Bruto Mundial) de esa cifra el 20 % constituyen deuda externa. Solo durante 2007 la deuda total aumento cerca de 4,3 billones de dólares (equivalente al 30 % del Producto Bruto Interno norteamericano). El proceso fue coronado por una sucesión de burbujas especulativas que marcaron, desde los años 1990 a un sistema que consumía más allá de sus posibilidades productivas.
A partir de los años 1970-1980 es posible observar el crecimiento paralelo de tendencias perversas como los déficits comercial, fiscal y energético, los gastos militares, el número de presos y las deudas públicas y privadas. Todas esas curvas ascendentes aparecen atravesadas por algunas tendencias descendentes; por ejemplo la disminución de la tasa de ahorro personal y la caída del valor internacional del dólar (que se aceleró en la década actual), expresión de la declinación de la supremacía imperial .
La articulación de esos fenómenos nos permite esbozar una totalidad social decadente a la que se incorporan (convergen) una gran diversidad de hechos de distinta magnitud (culturales, tecnológicos, sociales, políticos, militares, etc.).
Esta visión de largo plazo ubica a la era de los halcones presidida por George. W. Bush como una suerte de “salto cualitativo” de un proceso con varias décadas de desarrollo y no como un hecho-excepcional o una desviación-negativa. Nos encontraríamos ante la fase más reciente de la degradación del capitalismo estatista-keynesiano iniciada en los años 1970 puntapié inicial de la crisis general del sistema. La experiencia histórica enseña que esos despegues hacia el infierno casi siempre debutan en medio de euforias triunfalistas donde detrás de cada señal de victoria se oculta una constatación de desastre. La loca carrera militar sobre Eurasia estaba en el centro del discurso acerca del supuesto combate victorioso contra un enemigo (terrorista) global imaginario que sumergió en el pantano a las fuerzas armadas imperiales, las expansiones desenfrenadas de la burbuja inmobiliaria y de las deudas eran ocultada por las cifras de aumento del Producto Bruto Interno y la sensación (mediática) de prosperidad.
Imperio y globalización
Los Estados Unidos son todavía el centro del mundo (del capitalismo global), su declinación no es solo la de la primera potencia sino la del espacio esencial de la interpenetración productiva, comercial y financiera a escala planetaria que se fue acelerando en las tres últimas décadas hasta conformar una trama muy densa de la que ninguna economía capitalista desarrollada o subdesarrollada puede escapar (salir de esa tupida red significa romper con la lógica, con el funcionamiento concreto del capitalismo integrado por clases dominantes locales altamente transnacionalizadas).
Durante la década actual la expansión económica en Europa, China más otros países subdesarrollados y el modesto (efímero) fin del estancamiento japonés solían ser mostrados como el restablecimiento de capitalismos maduros y el ascenso de jóvenes capitalismos periféricos cuando en realidad se trató de prosperidades estrechamente relacionadas con la expansión consumista-financiera norteamericana. Estados Unidos es el primer importador global, en 2007 compró bienes y servicios por 2,3 millones de millones de dólares, es el principal cliente de China, India y Japón, Inglaterra, el primer mercado extra europeo de Alemania. Pero es sobre todo en el plano financiero en tanto área hegemónica del sistema internacional donde se destaca supremacía. Por ejemplo, la red de los negocios con productos financieros derivados (más de 600 millones de millones de dólares registrados por el Banco de Basilea, es decir unas 12 veces el Producto Bruto Mundial) se articula a partir de la estructura financiera norteamericana, las grandes burbujas especulativas imperiales irradiaron al resto del mundo de manera directa o generando burbujas paralelas como fue posible comprobar con la experiencia reciente de la especulación inmobiliaria en los Estados Unidos y sus clones directos en España, Inglaterra, Irlanda o Australia e indirectos como la superburbuja bursátil china.
Si observamos el comportamiento económico de las grandes potencias comprobaremos en cada caso como sus esferas de negocios superan siempre los límites de los respectivos mercados nacionales e incluso regionales cuya dimensión real resulta insuficiente desde el punto de vista del volumen y la articulación internacional de sus actividades. La Unión Europea está sólidamente atada a los Estados Unidos a nivel comercial e industrial y principalmente financiero, Japón agrega a lo anterior su histórica dependencia de las compras norteamericanas, por su parte China desarrolló su economía en el último cuarto de siglo sobre la base de sus exportaciones industriales a los Estados Unidos y a países, como Japón, Corea del Sur y otros, fuertemente dependientes del Imperio. En fin, el renacimiento ruso gira en torno de sus exportaciones energéticas (principalmente dirigidas hacia Europa), su elite económica se fue estructurando desde el fin de la URSS multiplicando sus operaciones a escala transnacional en especial sus vínculos financieros con Europa occidental y los Estados Unidos. No se trata de simples lazos directos con el Imperio sino de la reproducción ampliada acelerada de una compleja red global de negocios, mercados interdependientes, asociaciones financieras, innovaciones tecnológicas, etc., que integra al conjunto de burguesías dominantes del planeta. El mundo financiero hipertrofiado es su espacio de circulación natural y su motor geográfico son los Estados Unidos cuya decadencia no puede ser disociada del fenómeno más amplio de la llamada globalización, es decir de la financiarización de la economía mundial.
Podríamos visualizar al Imperio como sujeto central del proceso, su gran beneficiario y manipulador, y al mismo tiempo como su objeto, producto de una corriente que lo llevo hasta el más alto nivel de riqueza y degradación. Gracias a la globalización los Estados Unidos pudieron sobre-consumir pagando al resto del mundo con sus dólares devaluados imponiéndoles su atesoramiento (bajo la forma de reservas) y sus títulos públicos que financiaron sus déficits fiscales. Aunque también gracias al parasitismo norteamericano, Europa, China, Japón, etc., pudieron colocar en el mercado imperial una porción significativa de sus exportaciones de mercancías y de sus excedentes de capitales.
En ese sentido el parasitismo financiero, producto de la crisis de sobreproducción crónica, es a la vez norteamericano y universal, la otra cara del consumismo imperial es la reproducción de capitalismos centrales y periféricos que necesitan desbordar sus mercados locales para hacer crecer sus beneficios. Ello es evidente en los casos de Europa occidental y Japón pero también lo es en el de China que exporta gracias a sus bajos salarios (comprimiendo su mercado interno).
Lo que se está hundiendo ahora no es la nave principal de la flota (si así fuera, numerosas embarcaciones podrían salvarse); solo hay una nave y es su sector decisivo el que está haciendo agua.
Neoestatismo y crisis
Debemos ubicar en su contexto histórico a las actuales intervenciones de los estados de los países centrales destinadas a contrarrestar la crisis. A comienzos de 2008 proliferaban ilusiones conservadoras referidas al posible desacople de varias economías industriales y subdesarrolladas respecto de la recesión imperial pero lo hechos derrumbaron esas esperanzas. Junto a ellas apareció la fantasía del renacimiento del intervencionismo keynesiano: según dicha hipótesis el neoliberalismo (entendido como simple desestatización de la economía) sería un fenómeno reversible y nuevamente como hace un siglo el Estado salvaría al capitalismo. En realidad en las últimas cuatro décadas se ha producido en los países centrales un doble fenómeno: por una parte la degradación general de los estados que manteniendo su tamaño con relación a cada economía nacional quedaron sometidos a los grupos financieros, perdieron legitimidad social. Y por otra fueron progresivamente desbordados por el sistema económico mundial no solo por su trama financiera sino también por operaciones industriales y comerciales que burlaban los controles (cada vez mas flojos) de las instituciones nacionales y regionales.
En los Estados Unidos dicho proceso avanzó más que en ningún otro país desarrollado, nunca fue abandonado el histórico keynesianismo militar por el contrario el Complejo Militar-Industrial se hipertrofió articulándose con un conjunto de negocios mafiosos, financieros, energéticos, etc., que se convirtió en el centro dominante del sistema de poder apropiándose groseramente del aparato estatal hasta convertirlo en una estructura decadente.
En los países centrales el estado intervencionista (de raíz keynesiana) no necesita regresar porque nunca se ha ido, a lo largo de las últimas décadas, obediente a las necesidades de las áreas más avanzadas del capitalismo, fue modificando sus estrategias, apuntalando la concentración de ingresos y los desarrollos parasitarios, cambiando su ideología, su discurso (en el pasado lejano integrador, social, productivista-industrial, ayer elitista, neoliberal y virtualista-financiero, hoy enarbolando un neokeynesianismo salvavidas (impotente) de la globalización.
Es en el mundo subdesarrollado donde el estatismo retrocedió hasta ser triturado en numerosos casos por la ola depredadora imperialista, la desestatización fue su forma concreta de sometimiento a la dinámica del capitalismo global. Allí el regreso al estado interventor-desarrollista de otras épocas es un viaje al pasado físicamente imposible, las burguesías dominantes locales, sus negocios decisivos, están completamente transnacionalizados o bien bajo la tutela directa de firmas transnacionales.
Finalmente es necesario señalar que el hiper-gigantismo del Imperio hace que su hundimiento tenga un poder de arrastre sin precedentes en la historia humana. Además los Estados Unidos no constituyen “un mundo aparte” (marginado) sino el centro de la cultura universal (el capitalismo), la etapa más reciente de una larga historia mundial en torno de Occidente.
La inmensidad del desastre en curso, la extrema radicalidad de las rupturas que puede llegar a engendrar, muy superiores a las que causó la crisis iniciada hacia 1914 (que dio nacimiento a un largo ciclo de tentativas de superación del capitalismo y también al fascismo, intento de recomposición bárbara del sistema burgués) genera reacciones espontáneas negadoras de la realidad en las elites dominantes, los espacios sociales conservadores y más allá de ellos, pero la realidad de la crisis se va imponiendo. Todo el edificio de ideas, de certezas de diferente signo, construido a lo largo de más de dos siglos de capitalismo industrial está empezando a agrietarse.
2. Crisis de civilización
Aspectos de la crisis
La crisis financiera es gigantesca pero también los son las "otras crisis" unas más visibles o virulentas que otras convergiendo hasta conformar un fenómeno inédito. Para tomar un solo ejemplo, la crisis energética que expresa por ahora el estancamiento y próxima reducción de la producción petrolera global, fue hasta hace muy poco un catalizador decisivo de la especulación y la inflación (antes de la caída económica global del último trimestre de 2008) y nos espera en un futuro no muy lejano para darnos nuevos golpes inflacionarios, cuando la extracción descienda algunos peldaños más o cuando la depresión económica se detenga. Por otra parte la crisis energética está asociada a la crisis alimentaria y ambas señalan la existencia de un impasse tecnológico general que se extiende a la degradación del medio ambiente y del aparatismo militar-industrial asociada a su vez a la degradación del estado potenciada en la era neoliberal (marcada por la financiarización global), todo ello concentrado y exacerbado a partir del colapso financiero en los Estados Unidos, el centro del mundo.
Es posible entonces afirmar que las diversas crisis no son sino aspectos de una única crisis, sistémica, del capitalismo como etapa de la historia humana.
Ciclos
Una componente importante de esa crisis es la constatación de que ciertos ciclos que parecían regir el funcionamiento económico han dejado de funcionar, se trata de la destrucción de la creencia en que luego de un determinado número meses o años de vacas flacas llegaría el de las vacas gordas y que el sistema seguiría su camino ascendente. Los ciclos decenales descubiertos por Juglar hacia 1860 atravesaron buena parte del siglo XIX expresando las oscilaciones del joven capitalismo industrial aunque al final del mismo esas rutinas se fueron desdibujando. Hacia 1885 en una nota anexa al Libro III del Capital Engels señalaba que "se ha operado un viraje desde la última gran crisis general (1867). La forma aguda del proceso periódico con su ciclo de diez años que se venía observando hasta entonces parece haber cedido el puesto a una sucesión más bien crónica y larga de períodos relativamente cortos y tenues de mejoramiento de los negocios y de períodos relativamente largos de depresión...". Y atribuía ese cambio a la nueva configuración económica internacional marcada por el rápido desarrollo de los medios de comunicación, la ampliación del mercado mundial y el fin del monopolio industrial inglés. Los viejos ciclos decenales tendían a desaparecer porque el capitalismo había sufrido cambios estructurales decisivos. Pero ello no afectó a otras rutinas del sistema como las ondas largas de Kondratieff, etapas de aproximadamente entre 50 y 60 años (la primera mitad de ascenso económico y la segunda de descenso) que se venían sucediendo a partir de la revolución industrial inglesa. A lo largo de la historia del capitalismo han sido registrados cuatro ciclos de Kondratieff, el primero se inició a fines del siglo XVIII y concluyó a mediados del siglo XIX, el segundo terminó durante la última década de ese siglo y el tercero durante los años 1940 cuando se inició un cuarto ciclo cuya etapa de prosperidad llegó hasta fines de los años 1960, hasta 1968 si seguimos la propuesta de Mandel que prefiere establecer cortes históricos precisos. A partir de ese momento la tasa de crecimiento de la economía mundial impulsada por los países capitalistas centrales describió una tendencia descendente en el largo plazo que no se ha detenido hasta la actualidad y que debería prolongarse en un futuro previsible.
Si aceptamos la periodización de Mandel, la fase descendente del primer Kondratieff habría durado unos 22 años, la del segundo 20 años y la del tercero 26 años, el promedio es de aproximadamente 22,6 años, pero el descenso del cuarto Kondratieff ya estaría durando unos 40 años (en 2008) y no es demasiado osado pronosticar su prolongación al menos un lustro más. Siguiendo el modelo teórico la recuperación debió haber comenzado hacia mediados de la década pasada, ello no se produjo y tampoco ocurrió en la actual.
Peor aún, cada fase ascendente suele ser asociada a grandes innovaciones tecnológicas que modificaron los sistemas de producción y los estilos de consumo. Así sucedió durante la primera revolución industrial con la máquina a vapor y la expansión de la industria textil, a mediados del siglo XIX con el acero y el desarrollo de los ferrocarriles, a fines del siglo XIX con la electricidad, la química y los motores, y la electrónica, la petroquímica y los automóviles a mediados de los años 1940 en el debut del cuarto Kondratieff. Así "debió-haber-sucedido" en la década de los años 1990 atravesada por grandes innovaciones en informática, biotecnología y nuevos materiales, sin embargo esos cambios técnicos no modificaron positivamente el curso de los acontecimientos, por el contrario acentuaron sus peores características. Por ejemplo la informática: cuando evaluamos su impacto según la importancia de la actividad económica involucrada constatamos que su principal aplicación se produjo en el área del parasitismo financiero cuyo volumen de negocios (unos mil millones de millones de dólares) equivale actualmente a unas 19 veces el Producto Bruto Mundial.
Esto me permite plantear la hipótesis de que así como ocurrió hace cerca de un siglo con los ciclos decenales de Juglar podemos actualmente sostener que las ondas largas de Kondratieff han perdido validez científica, la fase descendente del cuarto Kondratieff ha sido triturada por la nueva realidad, la economía mundial completamente hegemonizada por el parasitismo financiero obedece a una dinámica radicalmente diferente de la vigente durante la era del capitalismo industrial.
Frente a esa evidencia no faltan los expertos y académicos apurados en encontrar una nueva rutina restauradora del orden, algunos proponen regresar a ciclos más cortos y violentos al estilo Juglar (¿retorno al siglo XIX?), otros mixturan Juglar y Kondratieff introduciendo algunos adornos provenientes de la psicología social, otros realizan manipulaciones econométricas en el ciclo Kondratieff conservando así la esperanza en una futura recomposición ascendente del sistema. Es el caso de Ian Gordon, renombrado especialista norteamericano en pronósticos económicos que no duda fabricar un súper "cuarto Kondratieff" estadounidense de casi 70 años, corriendo hacia la derecha el inicio de su etapa ascendente (desde 1940 a 1950) extendiéndola hasta los años 1980 y proponer el fin del descenso (y el comienzo de un nuevo y maravilloso quinto Kondratieff capitalista) para finales de la segunda década del siglo XXI.
Senilidad
El fin de las rutinas y el ingreso en un tiempo de desorden general nos están señalando que el mundo burgués no se encuentra ante una enfermedad pasajera, una "crisis cíclica" más al interior del gran ciclo, único y supuestamente vigoroso del capitalismo sino ante una crisis de enorme amplitud donde las enfermedades se multiplican no por un capricho del destino sino porque el organismo, el sistema social universal, esta muy viejo.
El capitalismo mundial ingresó en la etapa senil en los años 1970 cuando el parasitismo devino hegemónico, a lo largo de dicha década y del primer lustro de los años 1980 ocurrieron hechos decisivos en los Estados Unidos, entre ellos el debut de la declinación de su producción petrolera, la decisión del gobierno de Nixon de terminar con el patrón dólar-oro, la derrota en Vietnam a lo que luego se agregaron los déficits comerciales y fiscales crónicos y la suba incesante de las deudas pública y privada, la concentración de ingresos, el consumismo, la elitización y degradación del sistema político, etc.
Todo eso derivó a comienzos del siglo XXI, cuando se desinfló la burbuja bursátil, en una situación extremadamente grave a la que el Imperio respondió con una desesperada fuga hacia adelante: radicalizó su estrategia de conquista de Eurasia desplegando grandes operativos militares (Irak, Afganistán) y reanimó la especulación financiera inflando la burbuja inmobiliaria y gracias a ella volviendo a inflar la burbuja bursátil. Ante la crisis del parasitismo financiero decidió impulsar una ola parasitaria mucho más grande que la anterior, no se trató de un "error estratégico" sino una consecuencia estratégica lógica inscripta en la dinámica dominante del sistema de poder.
Jorge Beinstein en Kaos en la Red (kaosenlared.net)
No son ambos, razón y emoción, elementos separables sino necesarios y muy complementarios entre sí en este nuevo impulso de la primavera republicana que va conociendo nuevos bríos, ilusiones y propuestas desde todos los rincones del España.
Hay una República del pensamiento, de la idea y del proyecto, que conecta con nuestro pasado ilustrado e intelectual. Desde un Manuel Azaña, hasta un Niceto Alcalá Zamora, desde un Pi y Margall hasta un doctor Negrín, desde un Casares Quiroga hasta un Blasco Ibañez, desde un Ferrer y Guardia hasta un Antonio Machado, desde un doctor Marañón hasta un Luis Buñuel desde un Ramón J. Sender a un García Lorca, desde una Margarita Nelken o una Concepción Arenal a una Federica Monteseni, que por principio libertario, no era ni siquiera republicana.
Sé que algunos nombres chirriarán por su trayectoria ideológica, política y de pensamiento a quienes ansían un horizonte republicano mucho más avanzado, social y transformador pero también es cierto que así era la intelectualidad más destacada de la España progresiva y republicana.
Y hay otra realidad en el pasado republicano de la acción y la lucha popular, que viene de Pestaña y de Ascaso, de Durruti y de Federica Montseny, de Pasionaria y de José Díaz, de Joaquín Maurín y de Andreu Nin, de Largo Caballero y de Prieto. Produce heridas recordarlo pero ese es también el pasado del que venimos y al que a nadie debe pedírsele que renuncie, más allá de las necesarias reflexiones que nos permitan a cada uno un aprendizaje sobre los errores y los aciertos, sobre las sombras y las luces de cada corriente de la acción republicana.
Y ese aprendizaje de cada uno debe de servir para superar, para unir y no para dividir, para encontrarnos entre todos aquellos para los que el ideal republicano constituye una idea, una ética de lo público y un sentimiento profundo; nunca para un interminable ajuste de cuentas, en el que cada parte desentierra su análisis crítico acerca de las demás, sin que sea posible que la verdad de un lado se acomode a la del otro. Conocer para remontarse sobre el pasado pero dejar atrás el permanente guerracivilismo entre las distintas corrientes del republicanismo español.
Y eso se logra mirando más hacia delante que hacia atrás. El mañana no se construye dando vueltas obsesivamente sobre la circularidad del ayer. La II República fue una etapa de ilusiones frustradas, en la que la esperanza de un futuro mejor acabó, por la vileza de la oligarquía económica, las castas militares y la reacción clerical, destruido. No buscaré los enemigos dentro de casa porque en ella sólo encontraría, en el peor de los casos, oponentes; ni siquiera, sólo perspectivas diferentes.
Recordando a Machado, el mañana no está escrito, ni el proyecto puede nacer cerrado, como un todo acabado y definido, como una carta otorgada de unos republicanos para otros.
La III República necesita ser un proyecto abierto y debatido, participativo e ilusionante, desde la esperanza y el optimismo porque hay demasiado regusto amargo en la derrota del pasado.
Ha de nacer de un esfuerzo colectivo y plural, diverso y atravesado por millones de aportaciones que enriquezcan la aspiración del día que vendrá y lo hagan de cada uno de nosotros.
El espíritu unitario no se reclama, ni se impone, no se logra de un día para otro por decretarlo o reivindicarlo. Surge de ejercerlo, de la voluntad y de la generosidad hacia los demás puntos de vista, de comprometerse con serlo en cada acto práctico, de percibir la diversidad como riqueza, no como problema. De preferir los acuerdos de mínimos que los programas máximos, el camino lento, plagado de complicidades entre todas las corrientes republicanos antes que la vía recta de tirar por el camino de en medio. Y eso no significa renunciar a las propias posiciones de cada uno sobre el programa y el carácter que debe tener la definición de la futura Tercera República Española sino de exponerlas desde la voluntad de acuerdo. La justeza de las propuestas se legitima en la fuerza con la que la sociedad las acoge, no en la “necesidad” del disenso para mantener la propia identidad y la razón de ser de cada uno.
Esa voluntad de encuentro y de forjar consensos entre grupos republicanos necesita ir avanzando en organicidad, foros de encuentro y debate, coordinadoras estables o volantes, para la ocasión, que transversalicen los espacios de colaboración y unidad de acción en cada momento, desde los barrios, el movimiento ciudadano, el ateneismo (tanto en espacios físicos como virtuales), en el movimiento obrero, en los grandes centros de trabajo, en los de enseñanza, en los movimientos sociales,...
Que convivan distintos foros, plataformas, redes, uniones o centros republicanos no tiene porqué ser sinónimo de división, siempre que sea posible hacer convivir la pluralidad con la unidad, las diferencias tácticas con el objetivo estratégico común.
Hasta el día de hoy una pequeña vanguardia ha venido sosteniendo la bandera republicana con un esfuerzo, una militancia y una voluntad encomiables. Durante estos 33 años de restauración monárquica han tenido que bregar con la etiqueta de nostálgicos, buscar energías donde no había demasiados motivos para el entusiasmo y aguantar, aguantar duro y apretando los dientes. Hay que recordar que en el año 77 se les prohibió a muchas organizaciones políticas republicanas presentarse a las primeras elecciones de la transición y que, para ser legalizados, otros partidos hubieron de pasar por el trágala de la aceptación de la forma de jefatura de Estado y de la bandera del mismo. No voy a entrar en la crítica a ninguna posición de antaño. Aquí no toca, no es útil, ni un republicano consciente debe iniciar el toque de rebato al cainismo político que sólo beneficia a los partidarios de la monarquía y la reacción.
No hace mucho el filósofo Francisco Fernández Buey hacía en una entrevista dos afirmaciones aparentemente “ingenuas” pero muy ciertas por su calado.
La primera de ellas que cada vez se ven más banderas tricolores, lo que lo unía al hecho de que cada vez se vuelve a hablar más de la República. Ello no es baladí porque la presencia de la bandera republicana, de la vindicación de esta causa se ha forjado al calor de las luchas y movilizaciones populares del referéndum de la OTAN, de las Huelgas Generales, del NO a la Guerra,... La segunda que cada vez hay más jóvenes que abrazan la causa republicana, muchos de ellos del entorno universitario. Y esto último da frescura, savia nueva y es aval de un pasillo de tolerancia entre republicanos porque los jóvenes conocen, más de lo que se cree, pero no desean participar de inquinas viejas ni de broncas estériles.
Dicho esto, y sólo a modo de propuesta, sugiero que las piedras angulares de un mínimo común denominador de lo que representa ser republicano hoy sean las de
- la elegibilidad y sustitución de todos los representantes de la administración, entre las que la figura del Presidente de la República es la primera y más obvia, así como el derecho de todo ciudadano con edad de votar a elegir y ser elegido para todos los órganos de representación de su sistema democrático,
- el carácter laico y aconfesional del Estado, la promoción de los Derechos Humanos políticos, sociales y económicos,
- La participación y solidaridad entre las gentes que componen LIBREMENTE el país
- La aplicación de los principios de Libertad, Igualdad y Solidaridad, no sólo entre los ciudadanos sino territorial entre las distintas zonas geográficas del país
- El disfrute de derechos culturales, sociales, económicos y de acceso de los ciudadanos a los servicios que el Estado está obligado a procurar a todos sus ciudadanos. La protección social (trabajo, salario justo, vivienda, educación, sanidad, Seguridad Social, acceso a la cultura...). Todos ellos como derechos que comprometen al Estado y lo legitiman.
- Una forma de gobierno que reclama de sus ciudadanos la asunción de derechos y deberes, lo que ha de traducirse en una actitud más comprometida y socialmente participativa.
Otros elementos como la forma de organización territorial (federalismo, confederalismo, autonomismo,...), del derecho de autodeterminación de los pueblos que componen España o la de la propiedad económica de los medios de producción y distribución (privada, mixta, social, estatal,...), con ser contenidos programáticos, forman parte del corpus ideológico de distintas fuerzas y corrientes políticas concretas y deben ser tratados con un debate más de fondo que no impida los primeros pasos de la articulación de un movimiento republicano más amplio, pluralista y unitario, en el que sea posible convivir, sin necesidad de renunciar a las justas aspiraciones de cada proyecto político específico. No se trata de aparcar, no podría hacerse, las aspiraciones legitimas de cada uno sino de avanzar por fases y etapas, permitiendo que se vaya consolidando una pauta de unidad de acción.
No quiero dejar de referirme a la iniciativa de la Red por la República de promover un referéndum, mediante petición a las Cortes, sobre esta forma de gobierno, una vez alcanzados 25 municipios que lo demanden.
Hay diferentes opiniones acerca de su oportunidad, incluso de la conveniencia o no de promover dicho referéndum toda vez que su recorrido sería corto, al agotarse en el Parlamento. El número de diputados que podría apoyarlo sería realmente escaso.
Sin embargo, sin ser una iniciativa de la que yo participe y hacia la que admito tener alguna reserva, también por lo “cerrado” de las fuerzas políticas que lo promueven, no deja de ser cierto que ello no impediría en absoluto posteriores iniciativas en dicha dirección y que puede ser un momento muy aprovechable para socializar la reivindicación de la causa republicana entre la sociedad, particularmente entre la menos concienciada y organizada y que, necesariamente, deberá tener una progresiva incorporación a un movimiento de masas mucho más amplio, si se desea sacar la cuestión republicana de los márgenes aún relativamente estrechos en los que hoy se encuentra.
Dame una B!
PLAF!
Dame una O!
PLAF!
Dame una L!
PLAF!
Dame una O!
PLAF!
Dame una N!
PLAF!
Dame una I !
PLAF!
Dame una A!
PLAF!
B-O-L-O-N-I-AAA!
Kalvellido en Kaos en la Red (kaosenlared.net)
Una conversación con Jorge Beinstein sobre la “crisis general de la civilización burguesa”
“[…] Es necesario ir más allá de 1930, esta crisis es muy superior incluso limitándonos a los aspectos económico-financieros..." Entrevista de Salvador López Arnal.
Salvador López Arnal | Para Kaos en la Red
Una conversación con Jorge Beinstein sobre la “crisis general de la civilización burguesa”: “[…] Es necesario ir más allá de 1930, esta crisis es muy superior incluso si nos limitamos a los aspectos económico-financieros. Nunca antes en la historia del capitalismo se acumuló una masa especulativa como la actual no solo en términos absolutos sino principalmente cuando la comparamos con el Producto Bruto Mundial”.
Jorge Beinstein es Doctor de Estado en Ciencias Económicas por la Universidad de Franche Comté–Besançon. Especialista en pronósticos económicos y economía mundial, ha sido durante estos últimos treinta años consultor de organismos internacionales además de dirigir numerosos programas de investigación. Ha sido igualmente titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto en Europa como en América Latina. Actualmente es profesor titular de la Universidad de Buenos Aires (Cátedra "Globalización y Crisis"). En sus libros La larga crisis del capitalismo global (Ediciones Corregidor, Buenos Aires 1999) y Capitalismo Senil (Ediciones Record, Rio de Janeiro, 2001) anticipó la actual crisis mundial. Su libro más reciente es Crónica de la decadencia. Capitalismo global 1999-2009, Editorial Cartago, Buenos Aires, 2009.
SLA.: ¿De qué crisis hablamos cuando hablamos de la crisis? ¿De una abisal crisis financiera, de una fuerte crisis político-cultural del neoliberalismo, de una usual crisis de sobreproducción si bien de mayor tamaño que en otras ocasiones, de una crisis del sistema de producción mercantil mundial sin bridas limitadoras, de una crisis del capitalismo como sistema civilizatorio?
JB: Bajo de la apariencia de una curiosa convergencia de numerosas “crisis” (económica, energética, ambiental, urbana, estatal, etc.) lo que se está produciendo es una crisis general de la civilización burguesa. En su origen más próximo encontraremos una crisis crónica de sobreproducción de cerca de cuatro décadas de duración, controlada, amortiguada gracias a la expansión exponencial del sistema financiero, del consumismo en los países ricos, de la sobre explotación de recursos naturales y pueblos periféricos, de la hipertrofia del Complejo Militar Industrial del Imperio, etc. Dicha crisis fue la antesala de la supercrisis ahora en curso.
Me parece importante señalar que aunque la crisis crónica de sobreproducción aparece como el disparador, el catalizador decisivo de la crisis de civilización, debemos sin embargo diferenciar claramente ambos conceptos. Los fenómenos de sobreproducción, de carácter cíclico, han formado parte del proceso más general de la reproducción del capitalismo, fueron sucesivamente digeridos por el desarrollo del sistema aunque en el largo plazo histórico apuntaban hacia la “crisis general” hacia el desorden irreversible del sistema. Los defensores del capitalismo solían decir que esa famosa crisis general incontenible, arrasadora, nunca llegaría y la archivaban en el baúl de la ilusiones incumplidas de los enemigos del orden vigente.
Pero ocurre que cada crisis de sobreproducción dejó heridas, taras, degeneraciones parasitarias bien visibles desde fines del siglo XIX cuya acumulación terminó por engendrar un vasto proceso destructivo que a comienzos del siglo XXI está produciendo una “crisis general de subproducción”, incapacidad estructural del sistema para reproducirse de manera ampliada, para seguir creciendo en el largo plazo. En consecuencia proliferan los síntomas de decadencia, los bloqueos al desarrollo productivo como lo es hoy la crisis energética y al desarrollo social en el sentido más amplio del término como lo demuestra la crisis ambiental. Las crisis generales de subproducción que causaron en muchos casos la decadencia de grandes civilizaciones precapitalistas fueron consideradas en la era moderna como fenómenos propios del mundo antiguo, carente del arma tecnológica hoy disponible, de esa manera se concretaba una curiosa operación ideológica de autonomización del conocimiento científico-técnico ignorante de sus límites socio-históricos.
Dicho de otra manera la sucesión de crisis de sobreproducción durante los siglos XIX y XX debe ser vista como síntoma, no único, de la mortalidad del capitalismo, que cuando ingresó en su etapa senil, a comienzos de los años 1970, empezó a sufrir los efectos negativos de los rendimientos productivos decrecientes de la innovación tecnológica cada vez más al servicio del proceso parasitario de destrucción neta de fuerzas productivas y de su entorno ambiental.
Estamos transitando el comienzo del fin de un largo recorrido histórico que atravesó varias etapas desde los primeros embriones de protocapitalismo en Occidente combinando innovaciones internas con saqueos coloniales para culminar en los últimos dos siglos de desarrollo del capitalismo industrial finalmente financiarizado. Al final de esos dos siglos de expansión dicha civilización llegó a dominar el planeta acumulando al mismo tiempo los factores parasitarios de su autodestrucción. En principio nos encontraríamos en el inicio de una crisis-decadencia de larga duración, pero eso no es más que una hipótesis de trabajo, la Historia suele deparar sorpresas.
Se ha señalado que la idea de que la crisis financiera que atraviesa Estados Unidos sea debida a una anomalía en un segmento del sistema de préstamos hipotecarios es equivocada, que los créditos hipotecarios irresponsables y de mala calidad no hubieran sido capaces de generar por sí mismos una crisis de estas dimensiones. ¿Es así en su opinión? ¿Por qué?
El desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana ha sido el disparador de un mega desastre del sistema mundial de poder con centro en el Imperio. Esa burbuja era el corazón de un enorme sistema de burbujas especulativas instaladas en todo el mundo, especialmente en las grandes potencias económicas.
Solo la red global de burbujas inmobiliarias era evaluada en un dossier publicado en The Economist hacia 2005, poco antes del comienzo del desinfle en los Estados Unidos, como equivalente al Producto Bruto del conjunto de los países ricos. Es mucho pero poco si lo comparamos con la masa mundial de productos financieros derivados registrados por el Banco de Basilea que hacia fines de ese año representaban cerca de siete veces el Producto Bruto Mundial la que a su vez formaba parte de una montaña especulativa global equivalente a unas 12 veces el PBM.
A mediados de 2008 solo los derivados registrados llegaban a los 680 billones de dólares, yo diría que la hipertrofia financiera había llegado al punto de saturación, bastó la prolongación del desinfle inmobiliario norteamericano iniciado hacia 2006, un muy buen detonador, para hacer estallar al sistema en su conjunto.
Sin embargo, a pesar de la crisis, la política del Imperio pasa por ampliar la guerra en Afganistán preservando así el poder del Complejo Industrial Militar. ¿Se quieren suicidar? ¿Nos quieren suicidar a todos?
No, no se quieren suicidar, tampoco lo querían cuando promovieron la burbuja inmobiliaria, más aún creyeron que las guerras coloniales de Irak y Afganistán les facilitaría el control de una vasta franja territorial euroasiática que va desde los Balcanes hasta Pakistán en cuyo centro, el Golfo Pérsico y la Cuenca del Mar Caspio, están localizadas cerca del el 70 % de las reservas petroleras globales.
La “Guerra de Eurasia”, podríamos llamarla así, comenzó hacia fines de la Guerra Fría, durante la presidencia de Bush padre cuando lanzó la primera guerra del Golfo, prosiguió durante la era Clinton con los interminables bombardeos a Irak, las guerras yugoslavas y la tentativa de control de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, y culminó durante la presidencia de Bush hijo, (auto)atentados del 11 de Septiembre de 2001 mediante, con las invasiones de Irak y Afganistán que los halcones consideraban la antesala de la ocupación de Irán. Esa ofensiva imperial tuvo como protagonista visible al Complejo Militar Industrial presentado a veces como una suerte de fuerza malvada usurpadora del llamado sistema democrático.
En realidad dicho Complejo fue la espina dorsal de la rehabilitación económica de los Estados Unidos luego de la depresión de la década de los años 1930 y más adelante de su larga prosperidad de postguerra que algunos autores han calificada como keynesianismo militar. Desde la presidencia de Reagan y tal vez un poco antes se fue integrando con otras esferas de negocios parasitarios y/o depredadores como los del petróleo, la especulación financiera, el tráfico de drogas, la seguridad privada, etc., llegando a conformar un sistema oligárquico y mafioso que actualmente constituye el núcleo central del poder imperial.
Todo eso estuvo expresado de manera casi caricatural por el gobierno de George W. Bush y sus halcones, ahora Obama, pese a sus gestos populistas, es una marioneta de ese poder altamente irracional cuya dinámica empuja al sistema hacia el desastre. El nuevo presidente ha decidido ampliar la guerra en Afganistán y Pakistán mientras enviaba al Congreso un Presupuesto que incluye gastos militares cuyo volumen sigue la línea expansiva de la era Bush. Es más de lo mismo, los negocios militaristas continúan su marcha exitosa contribuyendo a un déficit fiscal sin precedentes en la historia norteamericana cuya prolongación puede conducir a mediano plazo a la bancarrota del Estado imperial.
Usted ha señalado que la desintegración-implosión del sistema global no significa su transformación en un conjunto de subsistemas capitalistas o bloques regionales con relaciones más o menos fuertes entre ellos. El hundimiento del centro del mundo en medio de la depresión económica internacional significará el despliegue de una cadena global de crisis (económicas, políticas, sociales, etc.) de intensidad creciente. ¿Puede ponernos ejemplos de esa crisis que usted vislumbra? ¿Qué intensidad les otorga?
La cadena global de crisis ya está en marcha. En el último trimestre de 2008 la economía de los Estados Unido se contrajo más del 6%, la de Japón lo hizo en un 12%, los últimos indicadores conocidos señalan que en el primer trimestre de 2009 la situación será igual o peor. La Unión Europea ha entrado en depresión y su espacio colonial-subdesarrollado: Europa del Este, está comenzando a sufrir un derrumbe mucho mayor que el que sufrió a comienzos de los años 1990. Su crisis financiera amenaza directamente a Suiza y Austria cuyos bancos estuvieron durante los últimos años regando a esa zona con prestamos que ahora no podrán cobrar.
A lo largo de los últimos cuarenta años se intensificó el proceso de mundialización iniciado desde el origen del capitalismo, fue calificado como “globalización” para marcar su diferencia cualitativa respecto de las etapas anteriores. ¿En que consiste esa diferencia?, en primer lugar en la financiarización integral del sistema, es decirla mas completa hegemonía económica pero también cultural en el sentido más amplio del término por parte de los negocios financieros y alrededor de ellos de una compleja trama parasitaria. En segundo lugar un fenómeno de transnacionalización productiva que atrapó a los núcleos decisivos de la economía mundial, atravesó países ricos y pobres, emergentes o declinantes.
Toda esa estructura giraba en torno de un gran centro imperial: los Estados Unidos, articulador supremo del planeta burgués pero al mismo tiempo resultado, consecuencia de la dinámica internacional del capitalismo. El hundimiento del centro del mundo no es un fenómeno “nacional” sino global, sus causas no las encontraremos solo en la historia de los Estados Unido sino principalmente en la evolución general, mundial del sistema afectado por una crisis crónica de sobreproducción.
En consecuencia el quiebre del Imperio está asociado, forma parte de un proceso mayor, sobredeterminante de crisis. Tuvimos una primera ola depresiva desatada por la explosión financiera de septiembre de 2008, ahora numerosos expertos anuncian la próxima llegada de una segunda ola depresiva motorizada por el llamado “sector real”, las grandes empresas transnacionales productivas ahogadas por las deudas y enfrentadas a mercados en rápida contracción. De todos modos no debemos esperar una sucesión interminable de estallidos y depresiones, pueden también aparecer períodos de relativa calma, con estancamiento generalizado o incluso crecimientos moderados sucedidos por nuevas turbulencias.. Cuando estos momentos de estabilidad efímera ocurran seguramente los medios masivos de comunicación nos bombardearán con la ilusión del fin de la crisis aunque esas intoxicaciones son cada día menos eficaces.
Sin olvidar otras aristas, ¿estamos presenciando el estallido y desarrollo de la peor catástrofe financiera desde 1930? ¿La peor crisis financiera en siete décadas extendida por todo el planeta?
Es necesario ir más allá de 1930, esta crisis es muy superior incluso si nos limitamos a los aspectos económico-financieros. Nunca antes en la historia del capitalismo se acumuló una masa especulativa como la actual no solo en términos absolutos sino principalmente cuando la comparamos con el Producto Bruto Mundial. Es que el capitalismo es hoy básicamente un sistema depredador-parasitario y eso establece una diferencia cualitativa esencial respecto del pasado.
En los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial se aceleró el proceso de control financiero del capitalismo mundial pero todavía las grandes estructuras industriales estaban animadas por la cultura productiva, disponían por así decirlo de una importante autonomía, actualmente los núcleos decisivos de la industria, el comercio y la agricultura moderna forman parte del “negocio financiero” o para expresarlo de una manera más rigurosa: integran un sistema de negocios cuyo estilo operativo estámarcado por el parasitismo.
Aunque es ineludible incluir otros temas: el energético, el alimentario, el ambiental, etc. Jamás el capitalismo enfrentó una crisis de esta magnitud que aparece como el fenómeno inverso de la crisis de nacimiento del sistema moderno de fines del siglo XVIII y sus crisis juveniles posteriores: En aquel momento la técnica apuntaba a convertirse en tecnología, integración del conocimiento científico con la actividad productiva, se iniciaba la explotación salvaje de los recursos naturales no renovables y la domesticación de los renovables, despegaba el Estado moderno y su brazo armado que hacia fines del siglo XIX emergía bajo la forma de complejo Militar Industrial, etc.
Ahora nos encontramos ante una crisis de senilidad del mundo burgués con su sistema económico atrapado por el parasitismo financiero, su Complejo Militar Industrial imperial convertido en un aparato decadente, sus estructuras estatales degradadas, etc.
Usted mismo ha recordado que en 2008 los estados centrales (el G7) disponían de recursos fiscales por unos 10 billones de dólares contra 600 billones de dólares en productos financieros derivados a los que es necesario agregar otros negocios financieros, y que la masa especulativa global supera actualmente los 1.000 billones de dólares, unas 20 veces el producto Bruto Mundial. ¿De dónde esta enorme burbuja? ¿Es una lucha entre el capital financiero especulativo y el mucho más sosegado capital productivo?
No, ese supuesto antagonismo entre capital financiero y productivo no existe. Lo que si existe es un entrelazamiento, una continuidad entre negocios productivos y financieros que en numerosos casos se articulan en el seno de una misma empresa o grupo. La pérdida de dinamismo de la economía mundial a lo largo de los últimos cuarenta años (donde las tasas de crecimiento del Producto Bruto Mundial recorren una línea descendente) volcó crecientes excedentes de capital de las empresas productivas hacia los negocios financieros que permitieron preservar ganancias e impulsar el consumo sobre todo de las clases medias y altas de los países centrales.
La droga financiera, pero también otras drogas como la de los gastos militares del Imperio y sus principales aliados, posibilitaron la reproducción del sistema. La llamada oposición entre el sector productivo y el financiero, en el nivel de las grandes operaciones transnacionales, es un invento de los medios de comunicación y de algunos políticos y tecnócratas mediáticos que tratan de convencernos de que además de los megacapitalistas especuladores están también los buenos capitalistas productivos a quienes deberíamos apoyar para superar la crisis.
Le cito: “los pronósticos sobre China anuncian para 2009 una reducción de su tasa de crecimiento a la mitad respecto de 2008, sus exportaciones de enero han sido 17,5 % inferiores de las de enero del año anterior, este brusco deterioro del centro vital de su sistema económico no tiene perspectivas de recuperación mientras dure la depresión global por lo que su ritmo de crecimiento general seguirá descendiendo”. ¿Qué pasará entonces en China? ¿Ya no será la gran superpotencia del siglo XXI? ¿Qué relaciones vislumbra usted entre China y USA en un futuro próximo?
La modernización postmaoísta de China giró en torno del sistema industrial exportador cuyos principales clientes eran los Estados Unidos, Japón y otros países comercialmente dependientes del Imperio. China ha sido el principal receptor periférico de las inversiones industriales de las grandes potencias capitalistas que aprovecharon sus bajos salarios, la exportación china de productos baratos se transformó así en un área decisiva de la reproducción de los capitalismos centrales, ahora la declinación de los Estados Unidos está golpeando a China.
Lo de la “superpotencia capitalista china en el siglo XXI” no ha sido más que una intoxicación mediática que reiteró la vieja y siempre fracasada ilusión de la reconversión del subdesarrollo en desarrollo gracias a la intensificación de las transformaciones de tipo burgués. El crecimiento chino subordinado a la dinámica del capitalismo global, estrechamente dependiente de la evolución consumista del Imperio ha ingresado a su etapa de agotamiento. Como es lógico los dirigentes chinos participan activamente en las tentativas de salvataje del sistema mundial tratando así de preservar su modelo aunque al mismo tiempo lanzan algunos salvavidas.
Por ejemplo intentan modificar el sistema monetario internacional para suavizar su dependencia del dólar, apuntan hacia mayores relaciones en el espacio eurasiático, proponen y en algunos casos consiguen desarrollar relaciones comerciales con países periféricos basadas en la utilización de monedas nacionales (esquivando dólares, euros y yenes). Pero esos son alivios, parches que no llegan a compensar la pérdida de mercados en los Estados Unidos o Japón, tarde o temprano, parece que será muy pronto, la otrora próspera estructura industrial china entrará en una profunda crisis que cuestionará de manera radical al conjunto del sistema vigente.
También usted ha hecho referencia a las declaraciones de George Soros y Paul Volcker en la Universidad de Columbia, el 21 de febrero de 2009, que en su opinión marcaron una ruptura radical, muy superior de la que estableció hace dos años Alan Greenspan cuando anunció la posibilidad de que los Estados Unidos entre en recesión. Volcker, por ejemplo, admitió que esta crisis es muy superior a la de 1929. Usted ha apuntado que en realidad la avalancha de dinero que arrojan sobre los mercados auxiliando a los bancos y a algunas empresas transnacionales no solo no frena el desastre en curso sino que además está creando las condiciones para futuras catástrofes inflacionarias, próximas burbujas especulativas. ¿No hay salida entonces desde una perspectiva de corrección o revisión no esencial del capitalismo?
El capitalismo puede sobrevivir pero de manera decadente como lo viene haciendo desde hace cuatro décadas, eso dependerá de las convulsiones sociales y políticas causadas por su declinación que incluye, no lo olvidemos, sucesivos estallidos, colapsos como la catástrofe financiera iniciada en septiembre de 2008. La tentativa neo-fascista de los halcones no tiene porque ser la última de ese tipo, el Complejo Militar Industrial norteamericano sufre una grave crisis cultural, su prestigio interno se ha deteriorado pero dispone de los instrumentos que le podrían permitir motorizar una nueva alternativa reaccionaria, es una posibilidad a tomar en cuenta.
Por ahora los dirigentes del sistema global tratan de salvar a los intereses dominantes que son sus padrinos. Se suceden los salvatajes a los grupos financieros y también a empresas transnacionales tradicionales, es lo que pueden hacer. No pueden volver al capitalismo industrial liberal del siglo XIX y tampoco al capitalismo keynesiano de los años 1950, semejante operación requeriría desmantelar por completo las estructuras de poder del capitalismo del siglo XXI, algo así como reconvertir al capitalismo hacia atrás contra los intereses de los capitalistas realmente existentes.
Ellos saben que los estímulos realizados y por realizar son muy poco frente a la masa mundial de negocios en crisis pero no disponen de otro remedio, también saben que las proclamas, sobre todo de algunos dirigentes de la Unión Europea, acerca de la aplicación de controles a la especulación financiera no podrán concretarse más allá de algunas medidas simbólicas que no afectarán al corazón del negocio, porque si así fuera estarían destruyendo al núcleo motor del capitalismo global. Y sobre todo saben muy bien que esta crisis económica no es una crisis de liquidez o de crédito sino de insolvencia, de sobreacumulación de deudas públicas y privadas.
Pero no lo pueden reconocer públicamente (aunque a veces lo hacen en privado o en ciertos círculos muy restringidos de expertos) ya que si lo hicieran estarían reconociendo que esta crisis no tiene solución superadora al interior del sistema. Entonces lo que les queda es aplicar sucesivas dosis de calmantes, de remedios parciales, insuficientes, a la espera de algún milagro, es lo que suelen hacer los médicos con los pacientes incurables.
En cuanto a George Soros, éste señaló que el sistema financiero mundial se ha desintegrado, y agregó el descubrimiento de similitudes entre la situación actual y la vivida durante el derrumbe de la Unión Soviética. ¿Qué opinión le merece esta analogía?
Es una muy buena analogía que podríamos extenderla no solo a la ex URSS sino también a numerosas civilizaciones premodernas desbordadas por el parasitismo y que finalmente implotaron.
La implosión del capitalismo global es un escenario posible, no inexorable, aunque tiene por supuesto características específicas, originales. La implosión de la ex URSS tuvo como protagonista central a un inmenso aparato burocrático, militarizado, afectado de parálisis general progresiva, se trató en última instancia de un “derrumbe estatal”. La posible implosión capitalista combinaría podredumbre estatal y privada, la decadencia del Pentágono y de las instituciones civiles en los Estados Unidos, Inglaterra, Japón, etc., con la degeneración parasitaria de los grandes grupos capitalistas, industriales, financieros, comerciales, con la declinación de la cultura productiva en la sociedad imperial, etc.
La desintegración del sistema financiero a que alude Soros afecta de manera decisiva, irreversible al conjunto del capitalismo mundial, en primer lugar a los Estados Unidos y bien puede ser el disparador de un escenario de implosión..
¿En qué países se está notando la situación con mayor profundidad? ¿Afectará todo el sistema-mundo capitalista?.
Ya está afectando a la totalidad del capitalismo mundial, no existe actualmente ninguna zona desacoplada de la depresión general. En un comienzo la opinión mayoritaria coincidía en que los más afectados serían los norteamericanos, pero ahora vemos que la economía japonesa se esta contrayendo a un ritmo que duplica el de los Estados Unidos y que por su parte la Unión Europea que algunos presentaban como mas sólida que el Imperio está demostrando debilidades y contradicciones que superan a las de su hermano mayor.
En su espacio colonial, la Europa del Este, se está produciendo una gran catástrofe económico-financiera, sus países centrales: Francia, Inglaterra y Alemania se están hundiendo en la depresión. En fin, tanto en China como en India las tasas de crecimiento económico se están reduciendo de manera significativa.
Ahora ya en pleno 2009 la economía mundial aparece poblada por varios centros de tormenta capaces cada uno de ellos de provocar crisis de carácter global. En síntesis, es la totalidad del sistema el que está enfermo.
¿Cree que los países que intentan o han intentado procesos no capitalistas van igualmente a quedar afectados por la situación? Estoy pensando en Cuba, en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia por ejemplo. Los países que usted menciona ya están siendo afectados por la crisis, sus exportaciones están disminuyendo. Cuba está sufriendo el efecto de la caída en las exportaciones, seguramente caerán sus ingresos en el rubro turismo.
Existen diferencias notables entre la situación cubana actual y la de comienzos de los años 1990. En aquella época, el derrumbe de la URRS generó un fenómeno de contracción económica que sumado a la mayor presión agresiva de los Estados Unidos obligó a los cubanos a generar un sistema de supervivencia muy innovador que resultó exitoso, en realidad dicho sistema enlazaba con una tradición social muy consolidada de resistencia, la exacerbó hasta niveles difíciles de imaginar cuando se produjo el desastre.
Ahora Cuba enfrenta la convergencia de dos fenómenos, en primer lugar un proceso de contracción económica causado por la crisis mundial, evidentemente mucho menos duro que el del pasado, pero el mismo se combina con un segundo fenómeno que podríamos calificar como de descompresión político-cultural impulsado por la decadencia del Imperio. Cuba actualmente tiene excelentes relaciones con la mayor parte de los países latinoamericanos y muchos otros de Asia, África, etc, han mejorado notablemente sus relaciones con Rusia.
Este doble impacto de compresión-descompresión coloca al sistema cubano ante un enorme desafío que atraviesa todas sus relaciones internas y mucho más que en los años 1990 enfrenta la opción entre ser arrastrado por la tormenta o innovar, adaptarse rápidamente a los cambios globales en curso.
En cuanto a Venezuela, Bolivia y Ecuador la reducción de la renta externa brindada por sus exportaciones primarias seguramente incrementará la disputa social interna por ingresos nacionales disminuidos. Los procesos de cambio allí iniciados enfrentarán la opción entre ser despedazados por las confrontaciones cada vez más agudas entre ricos y pobres o bien radicalizarse hacia la izquierda, hacer avanzar a los de abajo en detrimento de las clases altas.
Algunos autores han señalado que lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debería estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis. Sin embargo, las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Lo que importa, se dice, es salir de la crisis, sea como sea, y, además, de forma rápida. Esos temas exquisitos, se señala, es mejor dejarlo por ahora en un segundo plano. ¿Qué opina usted de este tipo de razonamiento?
La degradación ambiental está en el centro de la actual crisis de civilización, está estrechamente asociada al proceso de depredación de recursos naturales que está provocando las crisis energética y alimentaria, en realidad todos esos fenómenos presentados de manera separada deberían ser vistos como un solo problema cuya causa última la encontraremos en la reproducción tecnológica del capitalismo.
La misma ha seguido una trayectoria de unos dos siglos desde la destrucción-depredación creadora en el sentido shumpeteriano del concepto, es decir con resultado neto positivo desde el punto de vista de la expansión de las fuerzas productivas hasta llegar hoy a lo que podríamos definir como etapa de rendimientos crecientemente negativos en términos civilizatorios, incluido el aspecto ambiental. La decadencia de esta civilización se expresa también, yo diría que cada vez más, como destrucción de su entorno ambiental, componente decisiva de la autodestrucción del sistema, puerta abierta para la barbarie pero también para su superación humanista.
La degradación ambiental no es un problema del largo plazo, de las generaciones futuras en un futuro lejano, está golpeando ahora a la actividad económica, a la vida urbana y rural. Quienes quieren dejar de lado el tema en nombre de las urgencias de la economía tienen una visión abstracta, muy despegada de la realidad concreta, de los problemas de una posible reorganización productiva, de la necesaria reconversión energética, etc.
En esta situación, dada la correlación de fuerzas existentes, ¿en qué puntos deberían poner énfasis la izquierda política? ¿En las nacionalizaciones? ¿En el control del sistema financiero? ¿En el desarrollo sostenible del sector industrial? ¿En una agricultura menos extensiva?
Nos encontramos en plena crisis capitalista que además se perfila como de larga duración y sin salida a la vista. Las turbulencias recién comienzan y su desarrollo planteará serios problemas de gobernabilidad, protestas populares en ascenso, desocupación, quiebras masivas de empresas, etc.
En síntesis, el capitalismo más allá de las especificidades nacionales está entrando en una etapa de debilidad estratégica (política, económica, cultural, etc). En este nuevo contexto la izquierda debería pasar rápidamente a la ofensiva desarrollando un amplio abanico de combates apuntando hacia el poder. Agrupar fuerzas anti-sistema, desestabilizar a los sistemas de poder existentes, reducir su legitimidad social, realizar esfuerzos de convergencia regional y global.
Es difícil, casi imposible, esbozar un programa general para todas las izquierdas del planeta sin embargo podemos encontrar algunos ejes comunes. Por ejemplo la democratización política a todos los niveles quebrando la dinámica elitista que caracterizó a la era neoliberal: democracia de base contra pseudodemocracia burguesa. Y a partir de ella la reconversión con sentido social, popular, igualitario, solidario del tejido productivo, de las finanzas, del comercio interior y exterior, etc. Ello implica nacionalizaciones, en especial en el sector financiero pero no solo allí sino también en un vasto espacio de actividades industriales y comerciales.
No para ponerlas al servicio de las elites dominantes sino para convertirlas realmente en públicas, es decir democráticas con fuertes marcas de autogestión, de transparencia administrativa, de control popular. Es necesario plantear la reconversión social de la economía, redefinir estilos de consumo apoyados en la calidad y durabilidad de los bienes es decir rechazando la locura consumista deshumanizante, individualista: consumir para vivir y no vivir para consumir, etc.
Una orientación de ese tipo nos permitiría instalar racionalmente el tema energético, facilitando un reconversión que llevará tiempo y que deberá pasar por grandes ahorros de energía. También debería posibilitar el inicio de estrategias de reconstrucción del contexto ambiental.
¿Debería hablar también la izquierda de socialismo en estos momentos? Si fuera así, ¿a qué sistema económico social se estaría apuntando, cuáles serían sus ejes esenciales? Descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades no parece una tarea fácil. ¿Qué modelo asegura una situación así?
La salida a la crisis que acabo de esbozar no es otra cosa que una marcha hacia el socialismo. Pero ¿que deberíamos entender hoy por socialismo?. Seguramente no el socialismo estatista experimentado en el siglo XX prisionero de una decisiva dependencia ideológica respecto del estatismo-militarista burgués ascendente desde fines del siglo XIX. Hoy esa cultura se encuentra en franca decadencia, no fue así cuando se produjo la revolución rusa ni las tentativas anticapitalistas posteriores.
Durante ese período la civilización burguesa empezaba a resquebrajarse, en su seno comenzaban a desarrollarse los parasitismos financiero y militar, se produjeron algunos períodos turbulentos donde el sistema presentó brechas, expresiones de debilidad, guerras intestinas que numerosos pueblos periféricos aprovecharon para intentar romper o aflojar las cadenas del capitalismo mundial.
Sin embargo esas rebeliones periféricas, muchas de ellas como la rusa o la china desplegando una clara vocación postcapitalista, estaban penetradas ideológicamente, desbordadas por la cultura ya en crisis pero aún ascendente del capitalismo. En esa etapa inicial de la declinación del mundo burgués este seguía manteniendo una hegemonía cultural imbatible: dictaba las pautas tecnológicas reproductoras de las dinámicas de depredación ambiental y de explotación de los trabajadores, los estilos de organización de tipo autoritario, de creación artística deshumanizante, etc, los rebeldes portaban en sus conciencias las trampas ideológicas elaboradas por sus opresores.
Ahora todo eso está cambiando muy velozmente, la civilización burguesa navega a la deriva, sus grandes mitos están comenzando a caer, aunque no seamos excesivamente triunfalistas, en medio de las ruinas que se van acumulando subsiste mucho material reutilizable, muchas reservas ideológicas esperando su momento para reaparecer, retomar la ofensiva tal vez levantando banderas de barbarie.
Esta crisis cultural, este clima de “ancien régime” agotado irá brindando a la humanidad oprimida la posibilidad de retomar el camino de las revoluciones a partir de un horizonte infinitamente más amplio, más transitable que el que se le presentaba hace un siglo.
En consecuencia el socialismo debería hoy asumir formas mucho mas radicales, revolucionarias, democráticas que en el pasado. Por ejemplo eliminando comportamientos aparatistas vinculados a la cultura de la razón de estado, la profundidad de la crisis lo permite, lo exige.
El movimiento emancipador debe ser pensado y ensayado a partir de objetivos finales claramente comunistas, en tanto transición hacia formas crecientemente democráticas, igualitarias, libres, desmontando la compleja articulación de opresiones económicas, burocráticas, sexuales, generacionales, étnicas, nacionales, etc..
El socialismo pensado como camino plural, como proceso de destrucción creadora, de rupturas, de demoliciones institucionales que permitan instalar estructuras sociales solidarias, fraternales de producción y consumo no como complemento humanista del capitalismo sino como su superación revolucionaria, estableciendo formas políticas descentralizadas, incrementando, multiplicando la democracia directa.
Mucho de eso puede ser encontrado en los movimientos populares ascendentes de América Latina, aunque estoy convencido de que no se trata de una excepción regional.
¿Cree usted que estamos volviendo a Marx y a su tradición política? ¿Asistiremos a un resurgimiento de la tradición marxista revolucionaria?
En realidad la declinación del neoliberalismo debería ser interpretada como la expresión concreta, a comienzos del siglo XXI de la decadencia del conjunto de la cultura dominante y el pensamiento de Marx es uno de los principales demonios que la misma trato mil veces de sepultar para siempre.
Sí, estamos volviendo a Marx, al pensamiento crítico enraizado en la rebelión de los explotados, enemigo irreconciliable del conformismo, de la adaptación seudo realista respecto de lo que los conservadores califican como “posible”. Al verdadero Marx no para repetirlo sino seguramente para avanzar más allá de Marx. Al Marx sin ataduras dogmáticas, irreverente, el que escribió “yo no soy marxista” negándose así a convertirse en suministrador de recetas infalibles y verdades eternas. Uno de los puntos flojos del anticapitalismo del siglo XX fue la manipulación del pensamiento de Marx para convertirlo en “ideología”, en sistema cerrado, monolítico, en referencia legitimadora obligatoria.
Las ideas de Marx son necesarias, imprescindibles cuando queremos entender la crisis actual aunque también son insuficientes. Por ejemplo, cuando nos referimos al mecanismo que ha llevado al capitalismo a la actual crisis de sobreproducción estamos utilizando a pleno el pensamiento de Marx, pero cuando queremos comprender el fenómeno más vasto de crisis de civilización nos estamos apoyando en Marx para avanzar mucho más allá de su universo cultural. Enfrentamos un enorme desafío a la vez teórico y práctico: asumir la herencia de Marx no para reutilizarla como si nada hubiera cambiado sino para convertirla en insumo de las próximas rebeliones.
Gracias, muchas gracias por su tiempo y por sus generosas y documentadas respuestas. ¿Quiere añadir algo más?.
Si, constato que una de las características más notables de esta crisis es su alta velocidad, algunos hablan de “turbo-crisis”, tenemos que estar preparados para bruscos saltos cualitativos, para grandes rupturas ahora difíciles de imaginar pero que deberíamos imaginar y colocarlas en nuestro horizonte de posibilidades. No es sencillo hacerlo porque durante las últimas décadas hemos sido aplastados por una avalancha cultural conservadora, conformista, que por su magnitud no tiene precedentes en la historia de la modernidad.
Solo hace menos de una década irrumpió con cierto éxito una consigna muy modesta de la que nos hubiéramos burlado por su timidez en los años 60 o 70s: “otro mundo es posible”. Tenemos que empezar a pensar en términos de “revolución”, “socialismo”, “postcapitalismo”, no como audacias para hacer circular entre algunos amigos sino como banderas para la acción, destinadas a las grandes mayorías populares.
Salvador López Arnal en Kaos en la Red (kaosenlared.net)
Dolores, nombre que ya no se lleva, demasiado connotado de significados y emociones, si no es con la coartada de Lola, en tiempos de estúpidas Jessicas, Andreas, Cayetanas o Carlotas. Pasionaria es también una flor: passiflora incarnata o pasionaria lila, nombre común de una especie de Pasiflora. Una mujer de Gallarta, recia vasca, nacida a finales del siglo XIX (1895) eligió ese nombre en 1918 para un artículo publicado en la semana de pasión y titulado El Minero Vizcaíno. Esa mujer, entonces aún socialista, de formación católica denunciaba la situación de un grupo de obreros vascos en su primer escrito que habría de darle el nombre.
Primera comunista de la agrupación socialista de Somorrostro. No quiero hablar de todo lo que significó como lucha y coherencia, como sacrificio de madre, que perdió varios hijos, uno de ellos combatiendo al nazismo. No quiero hablar de ella como ejemplo, ni como enorme propagandista de una idea que incendió a la España curial, reaccionaria y dormida. No quiero hablar de cuánto significó como modelo de comunistas, ni como diputada elocuente en la II República.
No quiero hablar de ella como viuda de la España democrática, siempre vestida de negro, ni como mujer bella llena de energía y fe en aquella causa a la que dedicó toda su vida.
Quiero quedarme con las más bellas y tristes palabras que se han dirigido a los demócratas antifascistas, a las Brigadas Internacionales que lucharon por una España progresiva, por una República de trabajadores:
“Es muy difícil pronunciar unas palabras de despedida dirigidas a los héroes de las Brigadas Internacionales, por lo que son y por lo que representan. Un sentimiento de angustia, de dolor infinito, sube a nuestras gargantas atenazándolas...Angustia por los que se van, soldados del más alto ideal de redención humana, desterrados de su patria, perseguidos por la tiranía de todos los pueblos...Dolor por los que se quedan aquí para siempre, fundiéndose con nuestra tierra y viviendo en lo más hondo de nuestro corazón, aureolados por el sentimiento de nuestra eterna gratitud.
De todos los pueblos y de todas las razas, vinisteis a nosotros como hermanos nuestros, como hijos de la España inmortal, y en los días más duros de nuestra guerra, cuando la capital de la República Española se hallaba amenazada, fuisteis vosotros, bravos camaradas de las Brigadas Internacionales, quienes contribuisteis a salvarla con vuestro entusiasmo combativo y vuestro heroísmo y espíritu de sacrificio. Y Jarama, y Guadalajara, y Brunete, y Belchite, y Levante, y el Ebro, cantan con estrofas inmortales el valor, la abnegación, la bravura, la disciplina de los hombres de las Brigadas Internacionales.
Por primera vez en la historia de las luchas de los pueblos se ha dado el espectáculo, asombroso por su grandeza, de la formación de las Brigadas Internacionales, para ayudar a salvar la libertad y la independencia de un país amenazado, de nuestra España.
Comunistas, socialistas, anarquistas, republicanos, hombres de distinto color, de ideología diferente, de religiones antagónicas, pero amando todos ellos profundamente la libertad y la justicia, vinieron a ofrecerse a nosotros, incondicionalmente.
Nos lo daban todo, su juventud o su madurez; su ciencia o su experiencia; su sangre y su vida; sus esperanzas y sus anhelos...Y nada nos pedían. Es decir, sí: querían un puesto en la lucha, anhelaban el honor de morir por nosotros.
!Banderas de España!...!Saludad a tantos héroes, inclinaos ante tantos mártires!...
!Madres!...!Mujeres!...Cuando los años pasen y las heridas de la guerra se vayan restañando; cuando el recuerdo de los días dolorosos y sangrientos se esfumen en un presente de libertad, de paz y de bienestar; cuando los rencores se vayan atenuando y el orgullo de la patria libre sea igualmente sentido por todos los españoles, hablad a vuestros hijos; habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales.
Contadles cómo, atravesando mares y montañas, salvando fronteras erizadas de bayoneteas, vigilados por perros rabiosos que ansiaban clavar en ellos sus dientes, llegaron a nuestra patria como cruzados de la libertad, a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España, amenazadas por el fascismo alemán e italiano. Lo abandonaron todo: cariño, patria, hogar, fortuna, madre, mujer, hermanos, hijos y vinieron a nosotros a decirnos: !Aquí estamos!, vuestra causa, la causa de España, es nuestra misma causa, es la causa común de toda la humanidad avanzada y progresiva.
Hoy se van muchos; millares se quedan, teniendo como sudario la tierra de España, el recuerdo saturado de honda emoción de todos los españoles.
!Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de estado, la salud de esa misma causa por la cual vosotros ofrecisteis vuestra sangre con generosidad sin límites, os hacen volver a vuestra patria a unos, a la forzada emigración a otros. Podéis marchar orgullosos. Sois la historia, sois la leyenda, sois el ejemplo heroico de la solidaridad y de la universalidad de la democracia, frente al espíritu vil y acomodaticio de los que interpretan los principios democráticos mirando hacia las cajas de caudales, o hacia las acciones industriales, que quieren salvar de todo riesgo.
No os olvidaremos; y cuando el olivo de la paz florezca, entrelazado con los laureles de la victoria de la República Española, !volved!...
Volved a nuestro lado, que aquí encontraréis patria los que no tenéis patria, amigos los que tenéis que vivir privados de amistad, y todos, todos, el cariño y el agradecimiento de todo el pueblo español, que hoy y mañana gritará con entusiasmo:
!Vivan los héroes de las Brigadas Internacionales! “
Dolores Ibarruri Gómez, Pasionaria, madre, hermana, amiga, camarada,...siempre serás guía y norte de los revolucionarios consecuentes, ejemplo de vida y compañera en la que mirar cada uno de los actos de quienes luchamos por un mundo mejor.
En los últimos tiempos el fascismo español está experimentando un inusitado revival. Se multiplican sus agresiones contra inmigrantes, contra grupos de izquierda y sus sedes, contra antifascistas o contra homosexuales, por citar sólo algunos ejemplos de los colectivos contra los que históricamente vienen mostrando su particular saña, en muchos casos con resultado de muerte.
¿Pero es esto realmente novedoso? Con mostrar signos de incremento, no lo sería realmente sino en un plano meramente cuantitativo, lo cuál es grave pero la realidad de la nueva dinámica fascista lo es mucho más.
Entonces, ¿qué está cambiando dentro del fascismo español? Hay dos primeros nuevos fenómenos, además del citado, que sugieren una transformación de su estrategia.
La primera variación en este panorama es el incremento y diversificación de su presencia mediática y social.
Por lo que respecta a su presencia mediática, en los dos últimos años ha crecido exponencialmente su activismo en Internet, en número de webs, blogs, foros y páginas como youtube, no sólo propios sino ideológicamente no lejanos: Libertad Digital, hazteoir.org (ligado a los movimientos antiabortistas más activos), forumlibertas, foros digitales de La Razón y ABC. Han entrado, además, con virulencia en otros del campo opuesto: Público, El País.
En el mismo orden mediático, su presencia en medios de comunicación tradicionales se ha asentado. En Radiointercontinental, refugio de la extrema derecha, se ha convertido ya en cotidiano y sin máscara. Jesús Muñoz, del Sindicato de Trabajadores Nacional Sindicalistas (con buenas relaciones con la organización empresarial Fomento del Trabajo) es un habitual de la casa. Lo mismo que La Falange (no confundir con FE-JONS) en el programa “La Gran Esperanza” de la misma radio. En el CanalCatalàTV, el cura de extrema derecha Carlos Fuentes lleva con frecuencia al Presidente de Plataforma per Catalunya (PxC), Josep Anglada. PxC es una organización de extrema derecha catalana, cuyos principales ejes de acción son la lucha contra los inmigrantes y a favor de la seguridad ciudadana. Ya sabemos lo que entiende los fascistas por una y otra cosa.
Pero la presencia social se ha hecho mucho más amplia y diversa que la mediática. Históricamente el fascismo español durante los últimos veinte años se venía concentrando en las siguientes áreas de acción: fútbol, por la amplificación escénica e irracional que el contexto del campo le permite; agresiones a inmigrantes, porque le permitía encontrar la “compresión” de sectores solapada o abiertamente fascistas; agresiones a homosexuales y transexuales o travestis, como modo de conectar con la sumergida homofobia del país; agresiones a militantes de izquierda y antifascistas, porque constituían sus enemigos naturales y su objetivo para el entrenamiento preferido en la violencia; clínicas y profesionales que practican la interrupción voluntaria del embarazo, al conectar el antiabortismo con un componente emocional y sangriento, muy del gusto de la derecha católica, una de sus referencias. La Universidad como segundo entorno masivo, muy útil para su propaganda. Otros colectivos víctimas de sus agresiones lo eran en menor modo, aunque no de forma insignificante: prostitutas, mendigos, toxicómanos, ancianos, periodistas, nacionalistas vascos y catalanes,...
La nueva realidad de la acción de los fascistas en España presenta un marco social mucho más amplio y diversificado. Junto al descrito aparecen ahora otros “frentes de lucha”: mientras el del fútbol se ha debilitado ligeramente, por la actuación de algunos clubes que sí han cumplido las directivas contra la violencia y la exhibición de simbología nazi-fascista, el del movimiento antiabortista se ha ampliado enormemente. La actuación de los sectores integristas y trabucaires de la Iglesia Católica, ampliamente mayoritarios, ha creado un contexto favorecedor de visualización de los grupos fascistas en las manifestaciones de los próvida, y variantes (Hazteoir.org, Adevida, Derecho a Vivir, Médicos por la Vida,...) y los obispos españoles. Es el caso de grupos como Alternativa Española (AES), partido promovido por Blas Piñar y su yerno. Pero junto a ello, están entrando a saco en otros escenarios que hasta ahora les estaban vedados y que eran campo de reivindicación de la izquierda marxista revolucionaria y libertaria: el republicanismo (Movimiento Social Republicano-MSR, de orientación mussoliniana), las reivindicaciones en el contexto de la crisis capitalista (La Falange, FE-JONS, Frente Nacional, Movimiento Social Republicano, Movimiento Patriota Socialista, que se atrevió el 28 de Marzo, día de lucha internacional frente a la Crisis capitalista, a manifestarse en Vallekas, aunque obtuvo respuesta antifascista), movimiento estudiantil “anti-Bolonia” (MSR, Democracia Nacional-DN), lucha antisionista y procausa árabe y palestina (MSR), movimiento ecologista (Falange Auténtica y Pensamiento y Acción Ecologista-PAE, proveniente de Alianza Nacional), el asociacionismo agrario tipo COAG (AES, DN).
Mantienen y refuerzan reivindicaciones históricas de los sectores ultraderechistas: demanda de nueva ley del menor, con la exigencia de cárcel a partir de los 16 años y cadena perpetua, en el contexto de los asesinatos sucedidos a menores de edad (el caso de Marta del Castillo está siendo aprovechado por grupos como el Frente Nacional), inmigración, con la exigencia de expulsión de inmigrantes (Frente Nacional, España 2000,...).
¿Qué ha cambiado en estos últimos años? Varios aspectos fundamentales: una fuerte movilización de los sectores de la derecha tradicional (PP) y la Iglesia Católica contra diversos aspectos relativos a derechos sociales (laicismo, ampliación de la ley del aborto,...). Recordemos como el arzobispo de Pamplona pedía en Mayo de 2007 el voto para organizaciones fascistas como Falange Española de las JONS, Alternativa Española o Comunión Tradicionalista Católica. A ello se añade una crisis sistémica del capitalismo, que está provocando cifras de paro no conocidas hasta ahora y que hacen aflorar sentimientos racistas y xenófobos en la sociedad española, haciendo del inmigrante el chivo expiatorio del paro. Junto a ello una movilización muy fuerte de grupos ultras y “antiterroristas” (AVT), que han secuestrado la memoria de las víctimas de ETA y del terrorismo islámico (intoxicación y tergiversación de la derecha política, social y mediática ante el atentado del 11-M: “Peones Negros”, cercanos a Jiménez Losantos y Libertad Digital y sostenedores de la teoría conspiranóica de la trama islamoetarra). Junto a ello los procesos de revisionismo sobre el fascismo y el nazismo, mucho más graves cuando se realizan desde el Gobierno de Berlusconi (El ministro de Defensa de Italia, Ignazio La Russa, ha afirmado que los militares fascistas de la llamada República de Saló (1943-1945), que combatieron para impedir la entrada de los aliados, "merecen respeto" porque lucharon para defender la patria). Recordemos que el partido de Berlusconi acaba de fusionarse con la Alianza Nacional de Fini, heredera de los “misinos” (MSI) mussolinianos. Este fenómeno de fascistización de Europa, en algunos casos desde el Gobierno (Italia, hasta no hace mucho en Austria y Polonia) está dando vigor y orgullo a la extrema derecha española, todo ello unido a un PP radicalizado hacia posiciones ultraderechistas tras el 11-M de 2004.
Junto a ello, no podemos olvidar la enorme debilidad de la izquierda europea y específicamente española; algo que han captado los fascistas, lo que les permite sacar pecho y abrir frentes en ámbitos que hasta hoy les estaban vedados. La osadía y la chulería con la que lo hacen muestra que nos han perdido el miedo, que se sienten fuertes y que esperan un crecimiento social y político temprano. No sería extraño comprobar que su militancia esté creciendo dentro de un espacio social favorecedor (movimientos de masas en temas con arraigo social entre los sectores más reaccionarios de la sociedad española) y ante la debilidad de respuesta ante su actuación por parte de la izquierda.
¿Cuál debe de ser la respuesta desde el antifascismo ante la evidencia del crecimiento, el incremento de su virulencia, la capacidad de conectar con sectores sociales diversos (lo está haciendo hasta con gentes que se dicen de izquierda pero hacen discursos nacionalistas, proteccionistas en lo económico y xenófobos en la cuestión de la inmigración) y cada vez más amplios y el descaro y atrevimiento con el que exponen sus discursos demagógicos y falaces?
Hasta el día de hoy la bandera del antifascismo, entendida en su sentido más activo, comprometido y arriesgado, ha sido mantenida por sectores minoritarios provenientes de militancias comunistas y libertarias. Lo ha hecho con desigual fortuna, aunque en casos recientes como el de las manifestaciones de grupos nazi-fascistas en localidades como Treviño, Valladolid o en Vallekas en Madrid con notable éxito y valor de los componentes de los grupos antifascistas.
Durante mucho tiempo los antifascistas militantes han tenido que soportar su combate contra el huevo de la serpiente de formas semiclandestinas, duras y difíciles, a menudo con insuficiente comprensión social por parte de la izquierda de su valiente y meritoria labor.
La situación presente exige una respuesta cuantitativa y cualitativamente más amplia y, me atrevería decir que, diversa. Si el fascismo está creciendo en España, como parece, es necesario oponerle una respuesta cien mil veces mayor. Atajar la amenaza que representa antes de que se asiente con mayor fuerza y solidez.
Si algo podemos aprender del pasado es que, independientemente de los errores que pudieran tener las políticas de frentes populares y los comités antifascistas en la Europa de entreguerras, su carácter de frente amplio fue acertado. Hubo derrotas, obviamente, en países como España, Francia, Italia, Alemania (sangrantes), Checoslovaquia o Hungría, por citar algunos ejemplos. Pero no deja de ser cierto que en muchos casos lo fueron por efecto de la poderosa maquinaria militar del III Reich, por lo tardío de la respuesta antifascista y por el sectarismo partidario que por la incorrección de los planteamientos entonces defendidos.
Por encima de cómo se comportasen las democracias burguesas de entonces, la socialdemocracia, los movimientos comunistas y libertarios de diversa orientación (no voy a ahondar heridas pero sí dejar claro que mis argumentos los hago desde una posición comunista), lo cierto es que el esquema de frentes amplios era acertado porque suponía comprometer a amplios sectores de la sociedad frente a la hidra que trataba de destruir la razón y la civilización humanas.
En mi opinión, es necesario levantar la más vasta contraofensiva frente a la bestia. Se trata de construir miles de alianzas, solidaridades y redes sociales antifascistas desde la lucha política, ciudadana, social, universitaria, sindical, ideológica, cultural, feminista, internacionalista, anticapitalista, democrática; organizada y diversificada, diferenciando vanguardia y retaguardia, diversos niveles de compromiso, desde donde cada uno milite o actúe, uniendo posiciones, buscando la unidad, anteponiendo objetivos, evitando el sectarismo, siendo generosos, de un modo abierto y flexible.
Recientemente he leído un artículo en kaosenlared.net titulado “Antifascismo: de la marginalidad al movimiento de masas” de la Gazte Komunisten Batasuna (31-3-2009). Tengo que dejar claro que no me gusta su música, en mi opinión demasiado injusta hacia quienes se han partido la cara estos años contra el fascismo. Pero sí considero acertado su diagnóstico sobre el riesgo de crecimiento y desarrollo del fascismo y sus planteamientos sobre la necesidad de ir hacia un movimiento antifascista amplio. Ésta es la esencia de lo que realmente importa.
Desde mi perspectiva, el texto aludido aporta aún otro hallazgo: el de la llamada a la convivencia y respeto entre todas las corrientes ideológicas antifascistas (“Es preciso asumir que el antifascismo debe poder acoger diversas tendencias ideológicas y políticas sin que éstas se canibalicen entre sí, y sin que los diversos agrupamientos político-sociales compitan entre sí por la “hegemonía”, el “protagonismo” u otros fines particulares. No es en el seno del movimiento antifascista, como no lo sería en el seno de un movimiento democrático general, donde vamos a resolver todo aquello que nos separa a unos de otros. Lo principal es que la organización sea eficaz, no sea pesada ni costosa (en términos de esfuerzo y otros para todos)".
En todo caso, convendría ir aún más lejos de lo que dicho texto propone. Existe un sector muy importante de gente que es “visceralmente antifascista”, no formada política ni ideológicamente, pero que quiere ser, sabe quiénes son sus oponentes y cómo siente su rebeldía. Esos son magníficos para la causa antifascista porque nos permitirán conectar con otros sectores mucho menos concienciados, más alejados de la lucha y el compromiso políticos. Ellos son base y complicidad de un movimiento extenso y con futuro.
En la hora del antifascismo todos somos necesarios, nadie que quiera serlo sobra
Parafraseando, desde el título, a una recientemente estrenada película española sobre determinado estilo de vida juvenil, los acuerdos la última cumbre del G-20 son un camino hacia la mentira.
Fuera de lo relativo al punto 5 de dichos acuerdos, el resto de cláusulas son antes un brindis al sol que medidas reales contra la mayor crisis en la historia del capitalismo. Dicho punto señala que “Los acuerdos que hemos alcanzado hoy constituyen un programa adicional de 1,1 billones de dólares de apoyo para restaurar el crédito, el crecimiento y el empleo en la economía mundial. Las medidas son las siguientes: triplicar los recursos a disposición del FMI hasta los 750.000 millones de dólares; apoyar una nueva partida de Derechos Especiales de Giro (DEG) de 250.000 millones de dólares y al menos 100.000 millones de dólares en préstamos adicionales por parte de los bancos multilaterales de desarrollo (BMD); garantizar 250.000 millones de dólares de apoyo para la financiación del comercio; y utilizar los recursos adicionales de las ventas de oro acordadas por el FMI para la financiación concesional de los países más pobres”.
Detengámonos en la cuestión del punto 5 porque es crucial para entender cuáles serán las recetas del G-20 para la salida a la crisis capitalista que el propio sistema ha causado:
1) Se triplican los recursos a disposición del Fondo Monetario Internacional (FMI) hasta alcanzar la cifra de ¾ de billón de dólares
2) Se destinan al menos 100.000 millones de dólares a los Bancos Multilaterales de Desarrollo (BMD), de los que el Banco Mundial (BM) es su cabeza rectora.
3) Se destinan 250.000 millones de dólares para Derechos Especiales de Giro (DEG). ¿Qué son los DEG? Los DEG son en realidad partidas contables que lleva el FMI y se asignan a cada país en proporción a sus cuotas. La importancia de los DEG radica en que contribuyen a incrementar la liquidez internacional que está basada en el oro o en reservas de divisas. No pueden ser utilizados en la compra de bienes y servicios; los pueden usar los socios del fondo que tengan déficit en su balanza de pagos, o que estén perdiendo reservas monetarias. Su objetivo es financiar el comercio y evitar cracks fiscales de los países; no el mejorar las condiciones de vida de los países mediante la adquisición de productos de primera necesidad.
Sabemos cuáles son las medidas empleadas por el FMI y el BM para fomentar “la riqueza de las naciones” (especialmente de los países más pobres y a en vías de desarrollo) pero no estará de más recordarlas:
“Las medidas comúnmente propuestas cuando un país es sometido a un plan de ajuste bajo los auspicios del FMI, (manejado por 5 países) -y auxiliado por el Banco Mundial, manejado por 8 países (el añadido entre corchetes es mío), pretenden la reducción del déficit presupuestario mediante la limitación del gasto público, esta limitación se consigue con despidos, en ocasiones masivos de todas las áreas de la administración del estado, con recortes en los programas sociales y los proyectos de desarrollo, incremento de la presión fiscal a través del aumento de los impuestos indirectos, implantación de tarifas en los servicios de salud y aumento de las tarifas en los demás servicios públicos. Otro paquete de medidas pretende reducir la inversión interna, sobre todo si no se trata de sectores dedicados a la exportación, para ello se aumentan los tipos de interés y se limita la masa monetaria crediticia disponible, sobre todo para los pequeños y medianos productores, se trata de desincentivar la inversión y concentrar los recursos en los sectores de exportación, que son los que provocan divisas. También la mejora de la competitividad de cara al exterior es importante, para ello se recurre a la devaluación de la moneda y a la reducción de los incrementos salariales, así será más fácil vender en el extranjero. Y por último la apertura del país a los inversores extranjeros, ofreciéndoles las mejores condiciones y garantías para sus inversiones: liberalización de los mercados y reducción del control de precios, libre circulación de capitales y actitud abierta frente al capital extranjero, eliminación de controles sobre el comercio exterior, etc.
Estas medidas hacen recaer el coste de la deuda sobre los sectores de la población más pobres, la supresión de programas y servicios de orden social, la elevación de tarifas de los servicios públicos, el aumento de los impuestos indirectos, la disminución de los sueldos y el despido de los empleados públicos, la desaparición de programa de financiamiento para las pequeñas y medianas empresas /haciendas campesinas, provoca un rápido descenso en las condiciones de vida de la población, que en muchos casos llega a la inasistencia en áreas básicas como la educación, la sanidad, la seguridad alimentaria, etc.” (1)
La respuesta del G-20 a la crisis del capitalismo será una nueva vuelta de tuerca de sus brazos armados -FMI y Banco Mundial- que no están sujetos a un funcionamiento democrático ni a la soberanía de los países, sobre los pueblos más pobres del mundo, para aplicar de nuevo su vieja receta del expolio y rapiña imperialistas, que tantas veces han denunciado los movimientos altermundistas y muchos pensadores de la izquierda entre los que cabe citar a Jean Ziegler o a Eduardo Galeano. A través de acuerdos rubricados por los más poderosos del planeta, el capitalismo intenta volver a crecer sobre las ruinas de los desheredados de la Tierra. ¿Por qué si no encargan al FMI, los Bancos Multilaterales de Desarrollo y el Banco Mundial la aplicación de unas políticas de “ayuda” que son sobradamente conocidas?
Pero continuemos con el texto integro de la cumbre del G-20 aprobado por sus líderes en la reunión de Londres porque consta de 29 puntos.
Los primeros puntos del texto aprobado son sólo el intento de dar un camuflaje de ungüento piadoso a lo que representa el citado punto 5:
Punto 2: “(...) una crisis que se ha agravado desde que nos reunimos la última vez, que afecta a la vida de las mujeres, hombres y niños de todos los países y todos los países deben aunar esfuerzos para resolverla (...)”
Punto 3: “(...) la prosperidad es indivisible; el crecimiento, para que sea constante, tiene que ser compartido; y nuestro plan global para la recuperación debe centrarse en las necesidades y los puestos de trabajo de las familias que trabajan con ahínco, no sólo en los países desarrollados, sino también en los mercados incipientes y en los países más pobres del mundo; y debe reflejar los intereses no sólo de la población actual, sino también de las generaciones futuras (...)”
El punto 12 parece pasar a las conclusiones definitivas del foro del G-20 como una declaración bienintencionada pero tiene un trasfondo perverso: “Llevaremos a cabo todas nuestras políticas económicas en colaboración y de manera responsable en lo que respecta a su impacto para otros países. Nos abstendremos de una devaluación competitiva de nuestras monedas y fomentaremos un sistema monetario internacional estable y en buen funcionamiento (...) Está claro que es una llamada de atención a China, principal comprador de la deuda externa USA, destinada al estímulo económico y financiero de la Presidencia de Obama. China está atravesando un momento delicado que le hace contemplar la posibilidad de devaluar el yuan como salida que le permita incrementar sus exportaciones. Ello tendría un mal efecto sobre su capacidad de compra de deuda USA. De hecho, Timothy Geithner, el secretario del Tesoro USA le ha exigido, lo contrario, revaluar el yuan.
Es llamativo lo que el punto 15, relativo al fortalecimiento del sistema financiero, incorpora en algunos de sus apartados, así como lo que elude.
El travestido Fondo de Seguridad Financiera (FSF), ahora en Consejo de Estabilidad Financiera, no impidió escándalos como el Leheman Brothers, Maadof o Enron en el pasado, por citar sólo algunos de los más prominentes.
Llama también la atención como en el punto 15, ni en toda la declaración, no se incorpora una propuesta para luchar contra los lobbies o, cuando menos, regularlos de un modo más controlado. De ahí que no pueda sorprender que el asesor para temas económicos de Obama, Larry Summers aparezca envuelto en un nuevo escándalo del Gobierno del Presidente. Varias de las empresas que pagaron a Summers en 2008 más de 5 millones dólares han recibido ayudas del Plan de estímulo de Obama, entre ellas J.P. Morgan, Citigroup o Goldman Sachs. Hay un olor a “lobbista” que va subiendo hacia el despacho oval de la Presidencia USA.
Pero el punto 15 sigue siendo especialmente productivo en cinismos varios, sobre todo en lo relativo a paraísos fiscales: “Tomar medidas contra las jurisdicciones no cooperativas, incluidos los paraísos fiscales. Estamos dispuestos a desplegar sanciones para proteger nuestras finanzas públicas y nuestros sistemas financieros. La era del secreto bancario se ha acabado. Señalamos que la OCDE ha publicado hoy una lista de países evaluados por el Foro Mundial de acuerdo con la norma internacional para el intercambio de información fiscal”. Pero las Islas Vírgenes de USA no están incluidas, como tampoco lo está Panamá, de gran interés estratégico USA y ahora del gobierno español. “Desde Suiza aseguran que poco va a cambiar la situación. "Es un poco más de presión, pero esto no cambia nada para nosotros",asegura Rolan Maier, portavoz del ministerio de finanzas suizo” (2). “El Gobierno tiene elaborado un proyecto de Real Decreto que elimina la obligación de que las entidades financieras tengan que declarar la identidad de los titulares de Deuda Pública (o privada) de no residentes, su país de procedencia y el importe de los rendimientos. De esta forma, el Ejecutivo quiere complementar el Decreto de hace un año, antes de que Zapatero reconociera públicamente el alcance de la crisis, que permite a los residentes en estos paraísos adquirir deuda pública española sin tener que tributar por su rentabilidad” (3). Pronto veremos cómo se relaja esa supuesta dureza contra los paraísos fiscales (“la era del secreto bancario ha acabado”), a tenor de cuántos bancos tienen sus cuentas en ellos. En España, todos los que cotizan en el Ibex 36, excepto Bankinter (6)
Los puntos 17 y 19, situados bajo el epígrafe “Resistir al proteccionismo y promover el comercio y la inversión mundiales” siguen el esquema de los peplum cinematográficos de bajo presupuesto: repiten las cifras del punto 5 para parecer que hay mucha mayor dotación al plan del real
La supuesta lucha contra el proteccionismo que proclaman los superlíderes del G-20 resulta más bien cínica, cuando no decididamente falaz. En el primero de los compromisos del punto 22 afirman que “reafirmamos el compromiso asumido en Washington: abstenernos de levantar nuevas barreras a la inversión o al comercio de bienes y servicios, de imponer nuevas restricciones, o de aplicar medidas incoherentes de la Organización Mundial de Comercio (OMC) para estimular las exportaciones. Además, rectificaremos sin demora cualquiera de dichas medidas. Aplazamos este compromiso hasta finales de 2010”. Pero “desde la anterior reunión del G20 el 15 de Noviembre del 2008, al final de la cual a todos los dirigentes se les llenaba la boca de declaraciones piadosas en apoyo del comercio internacional, 17 de los 20 países miembros han aprobado 47 medidas proteccionistas. China, por ejemplo, ha decido trabar la entrada de productos lácteos españoles” (4) “La decisión del Congreso USA de prohibir a los camiones mexicanos el uso de las carreteras del país es un ejemplo de formas de proteccionismo menos directas (encarecer el coste de las exportaciones mejicanas hacia USA), que suponen cerca de dos tercios de las medidas descubiertas por el Banco Mundial. Estas medidas incluyen también las nuevas subvenciones a las exportaciones de productos agrícolas anunciadas por la UE; y las devoluciones de impuestos para las empresas exportadoras puestas en marcha por China e India –esto último entra en contradicción con la afirmación aprobada “No nos refugiaremos en el proteccionismo financiero” (el texto entre guiones es mío- El plan de estímulo de la administración Obama también incluía cláusulas para el “Buy American" (5) Con el aumento del desempleo en los países del G-20 y de la presión de sus votantes, cada vez más escorados hacia posiciones conservadoras y nacionalistas, veremos hasta qué punto mantienen los firmantes su discurso antiproteccionista. Previsiblemente la nueva ola proteccionista adquiera formas veladas para aparentar su no incumplimiento. España ya va por su segundo plan de apoyo al sector de la automoción, aunque con resultados poco edificantes. Menos mal que se van a dar prisa (“rectificaremos sin demora cualquiera de dichas medidas”, relativas a políticas proteccionistas de los países) estos vendedores de humo del G-20 y aplazarán su “compromiso hasta finales de 2010”. Una loca carrera proteccionista antes de la fecha. Liberal el último.
El epígrafe “Garantizar una recuperación justa y sostenible para todos”, en sus puntos, 26, 27, 28 y 29 vuelve a ser otro saludo a la bandera de la Humanidad, las buenas intenciones contra la pobreza y a favor del desarrollo y de la lucha contra el cambio climático pero carente de compromisos concretos.
Pero el aprendizaje que debe dejarnos esta cumbre del G-20 se encuentra ante todo en el punto 5: un nuevo asalto del imperialismo a los mercados de los países pobres y en dificultades crediticias de acceso al mercado. En los meses siguientes veremos la crueldad de las terapias que aplican estos galenos del capitalismo a sus pacientes: la de repartirse sus riquezas nacionales por acciones.
Notas:
(1) Denuncia sobre desarrollo, pobreza, deuda externa, ajuste estructural, libre mercado, libre circulación de capitales, exclusión social y feminización de la pobreza. Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa (RCADE). 1999
(2) EL PAÍS. Economía. 3-4-2009
(3) “El gobierno español potenciará los paraísos fiscales”. Editado por el equipo de kaosenlared.net. 18-03-09
(4) El futuro dura mucho tiempo. Jesús Fernández-Villaverde y Juan F. Rubio, de las universidades de Pennsylvania y Duke, y miembros de Fedea
(5) La importancia de las palabras vacías. Gideon Rachman, columnista de Financial Times
(6) Público. Economía. 5-03-09
Nos han contado que casi te moriste porque sí. Te caíste al suelo y sucedió. No había combates en las calles, ni los antisistema, como nos llaman los canallas, asaltaban los cielos y las calles para gritarles a los monstruos del capitalismo, sus esbirros políticos y los periodistas “empotrados” que ya no soportábamos un día más que insultaran nuestra inteligencia, además de machacar a los trabajadores con sus mil vueltas de tuerca, llamadas precariedad, paro, empleos precarios, salarios tercermundistas...Estos indecentes del G-20. B-Obamaniacos o Zapateriles zarraspratrosos. Como quieran llamarse. Ignoran que entierran simiente.
No llegué a conocerte. Un mar nos separa, no las esperanzas por las que hemos luchado. No llegué a tomarme unas pintas contigo, ni a preguntarte cómo iba la liga inglesa (entre tú y yo, no me gusta el fútbol) pero me hubiera encantado conocerte. Discutir de política, como siempre hacemos en la izquierda, hablar de mujeres, propias y ajenas y contarnos un chiste nuevo, que ya no se cuentan si no vienen por Power Point.
No sé tu nombre. Sólo sé que no he de olvidarte, que ya formas parte de mi lucha y de la de tantos que aprenderemos que nada nos es dado pero que todo está a nuestro alcance si creemos en un mundo nuevo. Sin cancerberos asesinos a sueldo, sin matones. Sin poderosos que nos opriman. Sin capitalistas que nos humillen más de lo que ya estamos. Sin políticos mentirosos que nos vendan el crecepelo del sistema y pongan rostros contritos cuando les digamos que la mierda de que defiendan mata.
No sé qué más decirte. Sólo que no te olvidaré y que me negaré a admitir las mentiras que vendrán respecto a ti dentro de unas horas.
Gracias por tu sacrificio camarada. Quedas en mi corazón y en el de millones trabajadores. Tu muerte no es absurda ni en vano. Traerá semilla de rebelión.
PD: A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Robado de Miguel Hernández, poeta y comunista
La Coordinadora Republicana de Madrid CONVOCA a toda la ciudadanía madrileña a una manifestación UNITARIA el día 18 de abril. "POR LA III REPÚBLICA - NO A LA CONSTITUCIÓN MONÁRQUICA DEL 78"
Manifestación Unitaria "Por la III República"
La Coordinadora Republicana de Madrid anima, a todas las Organizaciones que tengan en su ideario el advenimiento de una República como futura forma de estado español (grupos republicanos, Ateneos republicanos, Asociaciones memoralistas y Partidos políticos), que organicen actos de homenaje de la II República y actos reivindicativos de la III República, en su especifico espacio de acción (barrios y/o municipios) de cara al 14 de abril 78 aniversario de la proclamación de la II República Española. Igualmente CONVOCA a toda la ciudadanía madrileña a una manifestación UNITARIA el día 18 de abril, invitando a dichas organizaciones a que se sumen a la convocatoria suscribiendo el cartel y Manifiesto Unitario.
coordinadoraestatalrepublicana@yahoo.es
------- MANIFIESTO ----------------------------
CONTRA LA CRISIS, III REPÚBLICA
Este 14 de abril nos encuentra ante la más negra crisis general del capitalismo, la mayor de su historia. El hundimiento de la economía capitalista se extiende por todos los países del mundo y los más expertos economistas, ni se aventuran a predecir su fin, ni saben como pararlo.
El desastre afecta al Estado español de forma más intensa que a cualquier otro de la UE y muestra de una manera descarnada el carácter parasitario y dependiente de nuestra economía. El capitalismo español que, desde la entrada en el euro ha perdido la posibilidad de devaluar la moneda como válvula de escape ante la escasa competitividad de nuestros productos y como mecanismo anticrisis, se vuelve, insaciable, hacia la única alternativa que ofrece el sistema para reducir costes: bajar los salarios y abaratar, aun más, los despidos.
El crecimiento económico, conseguido a partir de la especulación salvaje con derechos básicos como la vivienda, las privatizaciones masivas y, sobre todo, precarizando al máximo las condiciones de trabajo, se derrumba sobre las espaldas de la clase obrera, afectando sobre todo a inmigrantes, mujeres y jóvenes, y de las clases populares. A los despidos masivos que se producen a un ritmo mayor de 200.000 personas al mes, hay que añadir casi un millón de trabajadores y trabajadoras sin papeles y/o sin contratos que se ven en la calle sin indemnización y sin derecho al paro. En muchos casos, al desempleo se une la incapacidad para seguir pagando la hipoteca de la vivienda y llega el drama de los embargos y los desahucios que crecen en cascada.
Mientras, el gobierno inyecta miles de millones de euros con dinero público (van ya 30.000 millones 5 billones de pesetas) a una banca que bloquea el crédito, presta una mínima parte de lo recibido y emplea la mayor cantidad en sanear sus cuentas. Así es el expolio del capitalismo en crisis: millones de trabajadores sin casa y sin empleo, mientras el dinero público, su dinero, va a parar a los bancos.
La catástrofe que se está gestando será sin duda el germen de grandes movilizaciones. Nuestro deber es situarnos en primera línea con los que luchan, contribuyendo a la politización de las reivindicaciones. Hay que ayudar a extender la conciencia de que, de los poderes establecidos, sólo va a llegar más de lo mismo y de que es preciso impulsar la autoorganización obrera y popular para resolver de forma solidaria los problemas más inmediatos: para impedir el enchufismo en el acceso a los empleos públicos, para exigir que los fondos públicos se utilicen adecuadamente, para que ningún trabajador o trabajadora se quede sin derecho a la prestación por desempleo, para impedir los desahucios…etc. Al mismo tiempo, se trata de extender la evidencia de que, exigencias que ya empiezan a tomar carta de naturaleza, como la nacionalización de la banca, la devolución a manos públicas de los sectores estratégicos privatizados – incluyendo de forma prioritaria la sanidad y la educación – o la planificación democrática de la economía, deben inscribirse en una lucha general por la destrucción de la estructura de poder corrupta al servicio de quienes se han enriquecido de forma descomunal y han provocado este derrumbe general.
En un escenario internacional en el que el terrorismo de estado se emplea con saña para intentar aplastar a quienes se enfrentan al sistema de dominación, en el conjunto del Estado español se está produciendo una escalada represiva contra dirigentes obreros, estudiantes, jóvenes republicanos y antifascistas, por no hablar de la esclavización y la "caza a la persona" que sufren las y los trabajadores inmigrantes.
Donde la represión ha llegado a cotas inimaginables, ni siquiera en la más ramplona democracia burguesa, ha sido en la persecución de la izquierda abertzale. Los juicios multitudinarios contra dirigentes de movimientos sociales y de medios de comunicación populares, los encarcelamientos masivos, las torturas, las prohibiciones de manifestaciones... etc., hasta llegar a la ilegalización de una tras otra de sus organizaciones políticas, privando de representación electoral a centenares de miles de personas, se suceden sin que ninguna institución del Estado se dé por aludida excepto para contribuir al objetivo de aniquilar la presencia de la izquierda abertzale en la vida política y social vasca. Este esperpento político adquiere mayor evidencia cuando organizaciones como Amnistía Internacional o el Relator de la ONU cuestionan la Ley de Partidos y las ilegalizaciones realizadas bajo su amparo.
La denuncia de la persecución sistemática y brutal de la izquierda abertzale y de la práctica generalizada de la tortura, así como la exigencia de la derogación de la Ley de Partidos y la Amnistía para todos las presas y presos políticos, deben formar parte destacada del programa y de la lucha de todas las fuerzas de izquierda y democráticas que merezcan tal nombre
Es aquí donde todas las estructuras del estado heredadas de la dictadura aparecen de forma más brutal y señalan la necesidad de romper con el orden constitucional de 1978 para hacer posible que el ejercicio del derecho de los pueblos a decidir soberanamente sea la forma en que se organice su relación.
La vergonzante Ley 52/07 de Memoria Histórica, que respondió al objetivo fundamental de desvincular la memoria de cualquier proyecto político de futuro, muestra la debilidad de todo el engranaje de esta "democracia" que mantiene la legalidad de la legislación y los tribunales fascistas (Decreto de Mola en Burgos) que sirvieron para asesinar, torturar, encarcelar y robar a centenares de miles de republicanas y republicanos. El hecho de que el Comité de Derechos Humanos de la ONU recomiende la derogación de la Ley de Amnistía de 1977 da idea de cómo es percibida la "hazaña" de juzgar delitos de Crímenes contra la Humanidad, considerando ajenas a derecho Leyes de punto Final de otros países, cuando aquí tenemos impune uno de los mayores genocidios de la historia.
La relación del Gobierno PSOE con la iglesia católica, bajo la hojarasca de alguna que otra declaración mínimamente crítica, se caracteriza por la sumisión más indecente (con hincamiento de rodilla de la Vicepresidenta del Gobierno ante el Papa-nazi) y el aumento sin precedentes en la financiación pública que ha pasado del 0,52 al 0,7% en el porcentaje recibido a través del IRPF. Y hay que añadir el escándalo de la financiación 100 % con dinero público de colegios confesionales (sólo de la iglesia católica), dejando una vez más en papel mojado los artículos de la Constitución que contravienen intereses de los poderes fácticos.
El reciente ataque de Israel a Gaza y la masacre perpetrada por el Estado sionista han mostrado una vez más cómo el gobierno PSOE, al igual que el del PP, en materia militar y en política internacional se sitúa en las antípodas de sus pueblos. Mientras centenares de miles de personas ocupaban las calles condenando a Israel, exigiendo la ruptura de todo tipo de relaciones y la suspensión del Acuerdo Comercial Preferente de la UE y denunciaba la venta de armamento a Israel, el gobierno trataba a la Entidad sionista de gobierno "amigo", Moratinos cometía la ignominia de atribuir la responsabilidad a Hamás y, lo que es más vergonzoso, prometía cambiar la Ley que permite perseguir la cadena militar de mandos israelí por las masacres cometidas en 2002 para evitar posibles enjuiciamientos por la última matanza. Mientras tanto buques de la OTAN están contribuyendo al bloqueo marítimo de Gaza. Por eso es preciso que el movimiento republicano contribuya decisivamente a plantear la necesidad de salir de la OTAN y de que una nueva Constitución republicana impida que los gobiernos actúen en nuestro nombre quebrantando los más elementales conceptos de justicia, solidaridad y respecto a la soberanía de otros pueblos y de los del Estado español.
Frente a la desesperación que se abate sobre millones de trabajadores y trabajadoras ante la imposibilidad de resolver situaciones personales acuciantes, afirmamos que el orden establecido no ofrece salida alguna para las clases populares y que por ello es urgente que la organización y las luchas se multipliquen y se coordinen. Junto al objetivo inmediato de hacer frente a las necesidades más acuciantes, hay que situar el objetivo de acabar con una estructura de poder político y económico corrupta y heredera de la Dictadura, con la familia real a la cabeza, para alumbrar formas de organización política y social basadas en la democracia directa, en la eliminación de toda discriminación entre seres humanos, en la preservación del medio natural y en colocar toda la riqueza al servicio de las necesidades humanas.
¡VIVA LA III REPÚBLICA!